miércoles, 27 de diciembre de 2017

Capítulo Ocho

En busca del cristal (Fragmento)


Como lo anunció el rey Ebrón, partimos dos días después antes del alba rumbo al punto de encuentro llamado Las Tres Fuentes. Tal como se acordó, mi hermano, yo y una partida de veinte guerreros elfos —de los más diestros en el tiro de arco, en el uso de la daga y la espada, y expertos lanceros—, nos separaríamos de la ruta principal para dirigirnos al Valle Negro, o “Valle Siniestro” como también le conocían.
Según el censo de Ebrón: siete mil alfares partían a la contienda; de ellos, tres mil quinientos iban a caballo. Cruzamos el puente que unía las dos riberas del río. A medida que subíamos por el mismo camino que, unos días antes nos trajo, veíamos como aquellos islotes flotantes, se volvían cada vez distantes hasta desaparecer detrás del horizonte. Todo transcurrió sin novedad durante esos días, luego de que saliéramos de Stonters; sí, y nada sin novedad en cuanto a Alana y a mí, nuestra relación también se volvió tranquila y fría como las noches que nos acogían. Era parte de su cargo como reina el no tener una vida romántica como la tendría cualquier chica humana o elfina de su edad. A pesar de sus doscientos años, ella era una adolescente. Yo sabía que me quería, que me amaba y sin embargo, a pesar que la pasábamos juntos, no podíamos demostrar delante de todos, nuestros sentimientos. Supuse que por ese motivo, Kaleín, siempre tuvo una actitud sombría hacia mi relación con su hermana porque sabía lo que vendría después.
Cuando el sol empezó a caer y la luna despertaba de su sueño diurno, comenzamos hacer el campamento. Entonces, la tenue luz de la luna se fue esparciendo como un manto por todo el solitario campo, por sobre las exiguas arboledas que allí crecían, los acantilados, y las montañas circunvecinas. Al día siguiente, cada uno, tomaríamos nuestros caminos. Yo necesitaba escuchar su voz solo para mí.
—Alana —vi la oportunidad de hablar con ella cuando los capitanes se apartaron.
—Daniel —me sonrió—, iba a buscarte en este momento. Quería..., decirte que me disculparas porque... ya ves, ser reina no es un trabajo fácil. Y… no hay mucho tiempo para mí misma...
—Tranquila —dije, aproximándome a ella—. Entiendo... —Cogí su mano y la acaricié entre mis dedos—. No tienes que explicar nada... Sí, es cierto, hemos estado cerca, pero lejos. Sé lo importante que es todo esto para ti y para tu pueblo... También lo es para mí. — Miré sus ojos brillantes como la luna, y, entonces la abracé y le di un beso.
Cuando nuestros labios se apartaron, eché un vistazo alrededor; la cogí de la mano y, como dos niños, corrimos a un lugar en donde la vigilancia era poca, en donde la penumbra pudiera ocultarnos.
—¿A dónde vamos? —rió suavemente. No le respondí.
Llegamos entre las sombras; la besé primero, luego nos besamos y acariciamos, y así seguimos hasta un poco antes que la luz del nuevo día surgiera.
 
—Reina Alana... Su Majestad, es tiempo de partir. —La voz sonó en mis sueños. Fui yo quien primero se despertó, luego, casi de inmediato, Alana—. El sol está pronto a salir. Perdonad que os moleste, mi reina.
El elfo permanecía de pie a corta distancia, y, un poco atrás de él, el rey Ebrón arriba de su caballo, junto con sus capitanes, nos veía. Alana se puso de pie; arregló su traje y lo sacudió con las manos, quitándose las hojas secas pegadas.
—Perdonad, rey Ebrón. Nos quedamos dormidos —replicó Alana, a una pregunta que no se había hecho.
Yo también me levanté avergonzado de haber sido descubiertos.
—No ha pasado nada —dije excusándome, limpiando mi ropa; aunque, en realidad, no sucedió nada. 
—No os preocupéis, vamos a tiempo —dijo Ebrón, con un tono casi paternal—. Subid a vuestras monturas, que el camino por delante es largo y arduo.
Ambos montamos en los unicornios y partimos. Alana me observaba; yo me sentía feliz. 
Pasaron las horas; el sol en poco llegaría a su cenit. 
—Sé que lo harán bien, pero aun así, ten cuidado —me aconsejó ella—, un descuido puede ser fatal. Prométeme que te cuidarás; la misión es importante, pero tu vida también. —mostró una sonrisa triste—. Yo te esperaré todo el tiempo que sea necesario.
—¿Sabes? De donde vengo, no hay chicas tan hermosas como tú. —Le sonreí tímidamente—... La verdad, eres la primera en mi vida. —Estaba abriendo mi corazón ante la mujer (o elfina) más bella del universo—. Te diré que eres la mejor razón para desear vivir mil años. A mis diecisiete años nunca sentí algo así por nadie... Bueno —recordé, y quise confesarle—, realmente sí hubo una chica: Sue Parker, pero solo fue platónico. Nunca le dije nada porque sabía que yo no era de su tipo; ella los quería altos y fuertes como Mark... Realmente, ahora que lo recuerdo, ellos fueron novios por un tiempo… —Alana me observaba en silencio—. Y luego, rompieron, y cada quien terminó siendo novio de alguien más. 
Noté que ella se mantenía impávida ante mi relato; ni una pizca de celos por Sue Parker.
—¿Platónico? ¿Qué significa? —interrogó.
—Ah, es cuando quieres a alguien, pero no se lo dices, y, así, dejas que el tiempo pase hasta que viene otra persona más valiente que tú, y esa persona sí se lo dice y se queda con ese alguien a quien tú querías... ¿Comprendes?
—Sí, creo que sí, y lamento que solo te hayas quedado con ese sentimiento... No entiendo como alguien valiente como tú no le abriste tu corazón y le dijiste lo que había en él —respondió sin mostrar ninguna clase de celos—.  ¿Era bella? —agregó.
—Sí, mucho, pero no como tú —le aclaré apresurado. 
—Gracias, Daniel... Quería preguntarte también: ¿si “novios” son como tú y yo?... Quiero decir, ese lazo entre los dos —dijo curiosa.
—Sí —respondí—, así como tú y yo... —sonreí—... Luego viene el matrimonio y los hijos. Pero eso es mucho después, así que no tienes que preocuparte todavía.
—Disculpa que sea muy curiosa... ¿Es natural que en tu mundo se cambien de novios?
Pensé.
—Para los humanos es natural experimentar primero —respondí, mientras trataba de recordar algunas cosas de las clases de psicología—. Verás, nosotros pasamos por diferentes etapas, desde que nacemos y, en todas, experimentamos. Con estas experiencias vamos aprendiendo cómo desenvolvernos en el mundo y… en nuestras vidas... Pero veo que aún no te he respondido ¿verdad?... Para algunos, así como mi hermano, cambiar de novia es natural... Supongo que le gusta experimentar bastante.
Alana movió suavemente la cabeza de arriba abajo. 
—¿A qué edad se casan las chicas humanas? —siguió preguntando. 
—No lo sé, supongo que entre veinte y treinta años. ¿Y ustedes?
—Las elphus unimos nuestras vidas a partir de los trescientos años...

—Tienes doscientos ahora —levanté las cejas mientras pensaba en los años que faltaban—, no creo poder vivir tanto. 

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