En busca del cristal (Fragmento)
Como lo anunció
el rey Ebrón, partimos dos días después antes del alba rumbo al punto de
encuentro llamado Las Tres Fuentes. Tal como se acordó, mi hermano, yo y una
partida de veinte guerreros elfos —de los más diestros en el tiro de arco, en
el uso de la daga y la espada, y expertos lanceros—, nos separaríamos de la
ruta principal para dirigirnos al Valle Negro, o “Valle Siniestro” como también
le conocían.
Según el censo
de Ebrón: siete mil alfares partían a la contienda; de ellos, tres mil
quinientos iban a caballo. Cruzamos el puente que unía las dos riberas del río.
A medida que subíamos por el mismo camino que, unos días antes nos trajo,
veíamos como aquellos islotes flotantes, se volvían cada vez distantes hasta
desaparecer detrás del horizonte. Todo transcurrió sin novedad durante esos
días, luego de que saliéramos de Stonters; sí, y nada sin novedad en cuanto a
Alana y a mí, nuestra relación también se volvió tranquila y fría como las
noches que nos acogían. Era parte de su cargo como reina el no tener una vida
romántica como la tendría cualquier chica humana o elfina de su edad. A pesar
de sus doscientos años, ella era una adolescente. Yo sabía que me quería, que
me amaba y sin embargo, a pesar que la pasábamos juntos, no podíamos demostrar
delante de todos, nuestros sentimientos. Supuse que por ese motivo, Kaleín,
siempre tuvo una actitud sombría hacia mi relación con su hermana porque sabía
lo que vendría después.
Cuando el sol
empezó a caer y la luna despertaba de su sueño diurno, comenzamos hacer el
campamento. Entonces, la tenue luz de la luna se fue esparciendo como un manto
por todo el solitario campo, por sobre las exiguas arboledas que allí crecían,
los acantilados, y las montañas circunvecinas. Al día siguiente, cada uno,
tomaríamos nuestros caminos. Yo necesitaba escuchar su voz solo para mí.
—Alana —vi la
oportunidad de hablar con ella cuando los capitanes se apartaron.
—Daniel —me
sonrió—, iba a buscarte en este momento. Quería..., decirte que me disculparas
porque... ya ves, ser reina no es un trabajo fácil. Y… no hay mucho tiempo para
mí misma...
—Tranquila
—dije, aproximándome a ella—. Entiendo... —Cogí su mano y la acaricié entre mis
dedos—. No tienes que explicar nada... Sí, es cierto, hemos estado cerca, pero
lejos. Sé lo importante que es todo esto para ti y para tu pueblo... También lo
es para mí. — Miré sus ojos brillantes como la luna, y, entonces la abracé y le
di un beso.
Cuando nuestros
labios se apartaron, eché un vistazo alrededor; la cogí de la mano y, como dos
niños, corrimos a un lugar en donde la vigilancia era poca, en donde la
penumbra pudiera ocultarnos.
—¿A dónde vamos?
—rió suavemente. No le respondí.
Llegamos entre
las sombras; la besé primero, luego nos besamos y acariciamos, y así seguimos
hasta un poco antes que la luz del nuevo día surgiera.
—Reina Alana...
Su Majestad, es tiempo de partir. —La voz sonó en mis sueños. Fui yo quien
primero se despertó, luego, casi de inmediato, Alana—. El sol está pronto a
salir. Perdonad que os moleste, mi reina.
El elfo
permanecía de pie a corta distancia, y, un poco atrás de él, el rey Ebrón
arriba de su caballo, junto con sus capitanes, nos veía. Alana se puso de pie;
arregló su traje y lo sacudió con las manos, quitándose las hojas secas
pegadas.
—Perdonad, rey
Ebrón. Nos quedamos dormidos —replicó Alana, a una pregunta que no se había
hecho.
Yo también me
levanté avergonzado de haber sido descubiertos.
—No ha pasado
nada —dije excusándome, limpiando mi ropa; aunque, en realidad, no sucedió
nada.
—No os preocupéis,
vamos a tiempo —dijo Ebrón, con un tono casi paternal—. Subid a vuestras
monturas, que el camino por delante es largo y arduo.
Ambos montamos
en los unicornios y partimos. Alana me observaba; yo me sentía feliz.
Pasaron las
horas; el sol en poco llegaría a su cenit.
—Sé que lo harán
bien, pero aun así, ten cuidado —me aconsejó ella—, un descuido puede ser
fatal. Prométeme que te cuidarás; la misión es importante, pero tu vida
también. —mostró una sonrisa triste—. Yo te esperaré todo el tiempo que sea
necesario.
—¿Sabes? De
donde vengo, no hay chicas tan hermosas como tú. —Le sonreí tímidamente—... La
verdad, eres la primera en mi vida. —Estaba abriendo mi corazón ante la mujer
(o elfina) más bella del universo—. Te diré que eres la mejor razón para desear
vivir mil años. A mis diecisiete años nunca sentí algo así por nadie... Bueno —recordé,
y quise confesarle—, realmente sí hubo una chica: Sue Parker, pero solo fue
platónico. Nunca le dije nada porque sabía que yo no era de su tipo; ella los
quería altos y fuertes como Mark... Realmente, ahora que lo recuerdo, ellos
fueron novios por un tiempo… —Alana me observaba en silencio—. Y luego,
rompieron, y cada quien terminó siendo novio de alguien más.
Noté que ella se
mantenía impávida ante mi relato; ni una pizca de celos por Sue Parker.
—¿Platónico?
¿Qué significa? —interrogó.
—Ah, es cuando
quieres a alguien, pero no se lo dices, y, así, dejas que el tiempo pase hasta
que viene otra persona más valiente que tú, y esa persona sí se lo dice y se
queda con ese alguien a quien tú querías... ¿Comprendes?
—Sí, creo que sí,
y lamento que solo te hayas quedado con ese sentimiento... No entiendo como
alguien valiente como tú no le abriste tu corazón y le dijiste lo que había en
él —respondió sin mostrar ninguna clase de celos—. ¿Era bella? —agregó.
—Sí, mucho, pero
no como tú —le aclaré apresurado.
—Gracias, Daniel...
Quería preguntarte también: ¿si “novios” son como tú y yo?... Quiero decir, ese
lazo entre los dos —dijo curiosa.
—Sí —respondí—,
así como tú y yo... —sonreí—... Luego viene el matrimonio y los hijos. Pero eso
es mucho después, así que no tienes que preocuparte todavía.
—Disculpa que
sea muy curiosa... ¿Es natural que en tu mundo se cambien de novios?
Pensé.
—Para los
humanos es natural experimentar primero —respondí, mientras trataba de recordar
algunas cosas de las clases de psicología—. Verás, nosotros pasamos por
diferentes etapas, desde que nacemos y, en todas, experimentamos. Con estas
experiencias vamos aprendiendo cómo desenvolvernos en el mundo y… en nuestras
vidas... Pero veo que aún no te he respondido ¿verdad?... Para algunos, así
como mi hermano, cambiar de novia es natural... Supongo que le gusta
experimentar bastante.
Alana movió
suavemente la cabeza de arriba abajo.
—¿A qué edad se
casan las chicas humanas? —siguió preguntando.
—No lo sé,
supongo que entre veinte y treinta años. ¿Y ustedes?
—Las elphus
unimos nuestras vidas a partir de los trescientos años...
—Tienes
doscientos ahora —levanté las cejas mientras pensaba en los años que faltaban—,
no creo poder vivir tanto.
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