miércoles, 27 de diciembre de 2017

Capítulo Once

Ataque al Cónclave de los Magos Oscuros (Fragmento)


La saeta cayó rota en dos partes más allá de su punto de encuentro con el filo del hacha. Thor se incrustó en el piso de losas pétreas a unos sesenta metros de distancia de nosotros. En el segundo que esta rompía la vara de la flecha, logré interponer el escudo frente a Alana. La espada de hoja curva quedó adherida en él sin penetrarla. 
Thor vibró y se desprendió del piso retornando a las manos de su dueño, mientras mi escudo se replegaba, cayendo en el suelo la espada de Jenny.
 —Alana —pronuncié su nombre. Cuando todo acabó, giré y la abracé. Necesitaba saber que se encontraba bien—. Pensé que te perdía… Alana, ¡ella es mi hermana! —le dije. Entonces, di la vuelta hacia Jenny y me dirigí a ella para abrazarla con fuerza. Mark corrió junto a nosotros y, abarcándonos con los brazos, nos atrapó con ellos. Los tres lloramos como niños pequeños. Él nos acariciaba la cabeza y nos palmeaba los hombros—. Nunca perdí las esperanzas de hallarte —le dije, tratando de endurecer la voz—. Aunque, por momentos casi lo hacía.
—¡Dany!... ¡Mark! —chilló Jenny—. Hermanitos... Ellos me dijeron que estaban bajo el hechizo de esa bruja y sus hordas, y que debía asesinarla para liberarlos del encantamiento, o ustedes morirían... Yo no quería lastimar a nadie...
Nos separamos y nos vimos a los ojos, había tanta alegría que olvidamos la presencia de los enemigos. 
—¿Qué haces con estos? —le pregunté como un reclamo, haciendo a un lado la inflexión de mis labios—. Ellos son los malos —le dije.
—Sí, te has equivocado de lado —dijo Mark.
—No —alargó aquel "no"—. Yo así lo creía, pero me demostraron que estaba equivocada —miramos hacia los magos oscuros—. En realidad solo me salvaban de ellos —Jenny giró el rostro hacia Alana y los demás elfos y Heracleanos—. Ellos son los malos. Los magos me lo enseñaron en las pilas de las Aguas Mágicas. Esa mujer, a la que llamas Alana, lanzó un conjuro sobre los dos, y desde entonces ven nada más lo que ellos quieren que vean. La prueba son esas cosas en sus cabezas.
Toqué la argolla en mi frente.
—Si fuera así, ¿por qué la capucha en tu cabeza? —dijo Mark con ese aire de querer tener la razón.
—Fue para que su hechizo no me llegara a mí. De lo contrario, yo también llevaría una como ustedes —respondió Jenny, convencida de la historia que le habían contado—. Tenemos que eliminar a esa mujer, o no podremos regresar a casa. Deben creerme.
—No es así —repliqué—. El cristal dijo que ellos te habían engañado.
—¿Qué cristal?...
—Este... —respondí sin terminar la frase, quedando a punto de sacar el cristal del bolso porque, en ese momento, Mark habló:
—¿Qué haces? ¿Quieres que ellos lo vean? —susurró a regañadientes. Inmediatamente volví el cristal a la bolsa y la cerré, confiando en que no la habían visto nuestros enemigos. Mark volvió a susurrar—: Quería decirles que tengo una idea. Hay una forma de saber quién dice la verdad... —Nos acercamos a él para que pudiera explicarnos su plan.
Un minuto después.
—Es buena idea —dije, mientras Jenny asentía con la cabeza—. Haremos así como dices, Mark. —Luego me adelanté, mientras Jenny y Mark se apartaban unos pasos—. Hemos llegado a un acuerdo con mis hermanos —grité para que todos pudieran escucharme—. Hemos acordado no intervenir en su lucha. —Si hubo alguna muestra de asombro, no la pude discernir. Ambos bandos permanecían en guardia, listos para atacarse—. Nosotros nos iremos por donde vinimos y ustedes podrán seguir con lo suyo —dije. Volví con mis hermanos y sin darles la espalda a los dos grupos contendientes nos dirigimos a la salida del salón. Jenny cogió su espada del suelo; la empuñó entre las manos, lista para defenderse de quienes ella creía sus enemigos: los elfos y Heracleanos.
Mis ojos buscaron a los de Alana; dentro de mí sabía que no podía haber error.  Los ojos de ella tampoco se apartaron de los míos a pesar de poner en riesgo su vida al descuidarse del enemigo. Kaleín vio por un instante cómo nos retirábamos, pero no hizo nada para evitarlo. Cuando estuvimos a punto de cruzar el umbral de roca del salón...
—¡Detenedles, no dejéis que se vayan! —sonó una voz antigua.
Las fuerzas Orcos intentaron cerrar el círculo alrededor nuestro. Los Heracleanos y elfos se interpusieron; la violenta escaramuza se armó. Las espadas cobraron sus cuotas de sangre Orco, Elfo, Heracleano y la de los nuevos enemigos de cuatro alas. El grupo de magos oscuros comenzó andar entre los combatientes sin ser tocados por flecha o espada alguna, pues un escudo invisible les protegía. 
—¡Aprisa! —gritó Mark—. ¿Qué dices ahora, Jenny...? —interrogó, frenando abruptamente ante la presencia de un Troll. Mark irguió la cabeza mirando con asombro al gigante cuyo cuerpo terminaba de desdoblar, luego de pasar por el arco de la puerta que resultaba ser chico para él. Traía los brazos hacia atrás, dejándolos por fuera de la entrada.
—¿Por qué no nos dejas pasar Ark? —Jenny le habló al gigante; este no respondió—. No comprendo, tú eres mi amigo a pesar que no te huelen bien las axilas... ¡Déjanos ir!
—Aun no, pequeña mía —dijo el mago oscuro encabezando su grupo—. No podéis iros todavía cuando casi cumplís vuestro cometido. 
—¡Aelfric! ¿Qué pasa? —interrogó Jenny al anciano del largo gabán—. ¿Por qué no nos deja ir?
—Ahora que ya están todos reunidos aquí, en familia, ¿por qué queréis partir? —replicó el anciano—. Hemos esperado tanto por vuestra presencia que no está bien que os vayáis así, sois los invitados principales. Lamento deciros que ellos tenían razón. Muchas veces la inocencia es un arma de doble filo, y hace daño a quien la posee. Como ya os diste cuenta, os mentí, pero fue por una buena causa... Nuestra causa... Para eliminar el peligro que se cierne sobre nosotros, debemos eliminarlo desde la raíz, y vosotros sois esa raíz —levantó las manos queriendo tomar las de Jenny; ella las apartó—. Ahora que me estaba encariñando de vos, tengo que mataros y a vuestros hermanos. Pero ¿qué más da?, cualquier cachorro os puede remplazar... 
—Eres un... 
—Ha, ha. No os atreváis —la interrumpió Aelfric—. Son palabras muy feas para vuestros labios... y para alguien que dejará de existir ahora... Si esperabais alguna ayuda, temo que esta no vendrá —dijo, señalando con la mano en dirección de la entrada en donde se hallaba el Troll. El gigante trajo los brazos hacia adelante; con cada mano cogía el cuerpo sin vida de un Elfo. Kaleín y Alana los vieron y reconocieron en ellos a Alaric y a Aelric. El Troll lanzó los cadáveres a nuestros pies y terminó de hacer su entrada. Detrás de él venían muchos Troll, junto con hordas de Orcos con largas picas y corpulentas espadas. 
—¿Cómo pude ser tan ingenua? —se increpó, y antes que pudiéramos abrir la boca, dijo—: Mejor no digan nada. 
Le hicimos caso.
Los guerreros, ante la seña del mago principal, nos rodearon. Nuestras armas permanecían listas para entrar en combate. Vimos a Jenny, cogía con firmeza su espada curva, lucía todo el plante de un espadachín.
—Hey, ¿quién te enseñó? —le pregunté con cierta admiración.
—¿Quién crees? —respondió.
«¡Qué ironía!», pensé.
Nuestros amigos se abrieron espacio a golpe de hierro y flechazos, en tanto nosotros logramos movernos también en su busca. 
El salón se inundó de alaridos, gritos y estrépitos metálicos. A pesar de nuestra desventaja numérica lográbamos subsistir. Pero nadie puede subsistir por mucho, más si el contrario continuaba aumentando sus fuerzas, y sus deseos por acabar con nosotros. Tarde o temprano, si no abandonábamos el castillo, seríamos vencidos y, entonces, de nada habría valido rescatar a Jenny. Era evidente que no podíamos huir por el mismo camino por el que llegamos porque el paso lo custodiaban tenazmente decenas de guerreros. Angara y los suyos peleaban con la ferocidad de los orcos, o de los hombres cuadri alados, o de los Troll. Por el momento, las bajas eran enemigas, aunque no por mucho tiempo seguiría siendo así. 
—Así que decidisteis no iros después de todo —dijo Kaleín, esgrimiendo su espada y asestando mortales estocadas a los Orcos—. ¿Pronto os olvidasteis de vuestros amigos?
No podía permitir que él —especialmente Alana—, creyera que nos escabullíamos como ratas en el barco que se hunde. 
—Debíamos demostrarle a Jenny quiénes eran los buenos —repliqué, en tanto quebraba una espada con Asghar—. Pero discutiremos esto en otra vez... cuando salgamos de aquí.
—Supongo que os doy la razón —replicó Kaleín.
—Debemos buscar otra salida —gritó Alana.
Miré al rededor. En el fondo de la galera, una escalinata se perdía detrás de un estrecho portal; al parecer subía a una de las torres del palacio. Estando fuera del castillo, el cristal nos ayudaría a reunirnos con los ejércitos aliados, y emprender el retorno a los reinos.
—¿Puedes ayudarnos a bajar de aquí? —pregunté al viejo del cristal.
—Tengo el poder —respondió—, siempre y cuando estéis fuera de estos muros.
—¡Dalo como un hecho! —dije, dando con el canto de Asghar, en la cabeza de uno de los hombres alados; este se desplomó de lado desmayado—. ¿Qué les parece si nos vamos por allá? —Apunté con el hacha a las escalinatas—. No veo otra ruta posible.
—No sabemos a dónde lleva, pero es la única salida que nos queda —contestó Alana—. Corred, yo te protejo, Daniel.
La miré, ¿cómo podía imaginar que la dejaría?, así que la tomé por la mano y le dije: —Sin ti, no, Alana. Deberías de saberlo.
—Nosotros os cubriremos las espaldas. —Escuchamos la voz de Angara—. Elfos, llevadlos fuera de aquí... Apresuraos.

Los guerreros Heracleanos formaron, inmediatamente, una barrera y contuvieron el avance enemigo.  

Capítulo Diez

Tras el rastro de Jenny (Fragmento)


Los ejércitos están en el lugar y la hora convenidos. Las pisadas de los miles de legionarios y sus monturas hacen temblar el suelo del valle. El cielo está oscuro aún, y no se vislumbra un brillante amanecer. Es como si la naturaleza supiera que se está gestando una gran confrontación, y que mucha sangre se ha de derramar en algún lugar. Sobre sus tatuajes, los Heracleanos pintaron marcas de colores, señalando su pronta participación en el combate; llevan consigo largas picas adornadas con plumas blancas, negras y pardas, arcos y aljabas, filosas espadas en sus vainas de cuero amarradas a las espaldas, látigos con bolas de metal, dagas y otras armas filosas de diversidad de formas. Son altas montañas de carne y hueso cubiertas de peludas ropas. Son la versión más humana de los temidos orcos. Los elfos, señores de los bosques, de los desiertos y las ciénagas; marchan ordenadamente con sus arcos y saetas, espadas y dagas, y sus maravillosas y pulcras vestimentas de batalla; ondeando al viento, que irrumpe desde el norte de las Tres Fuentes, los altos estandartes de cada una de las facciones. Las tropas se detienen y esperan ser transportadas mágicamente hasta el lugar de la cruzada.
Los mismos generales y capitanes, entran en la carpa junto con sus líderes. El resto de las tiendas ya han sido levantadas, y solamente pocas hogueras queman los restos de los leños que les daban vida. 
—Depositad el cristal en el centro de la mesa —me dijo Lord Argus—. Que él nos revele dónde se encuentra vuestra hermana. Dejadla y convocad su poder.
Así lo hice, coloqué el cristal en la mesa y me aparté unos pasos de ella; un destello parpadeó en su interior un instante después.
—Anda, joven Daniel, habladle y solicitadle su ayuda —me conminó Ebrón.
 Alana me miró y esperó callada mi reacción. Yo me adelanté un poco a la mesa y dije:
—Cristal... —Pensé cómo debía de hacer mi petición de modo que no la echara a perder. Toda la noche la había pasado en vela, formulándola de una y otra manera, y no llegué a nada; finalmente dije—: Cristal, ¿el lugar en donde se encuentra Jenny es accesible por tu medio?... 
Y volvió a ocurrir lo que antes sucedió: el mundo se detuvo otra vez, y aquel viejo barbado se materializó de forma traslúcida, inmaterial. Su figura incorpórea se ondeaba suavemente como movida por una ligera brisa.
—Sí, el lugar en donde está vuestra hermana es accesible por mi medio... Y si tu próxima pregunta fuere: ¿En dónde se encuentra? —Yo meneé rápidamente la cabeza, afirmando—. Bien. Ella se encuentra en el Universo de la Oscuridad, en donde habitan los Magos Oscuros, pero os diré que ella no es su prisionera. 
Traté en el momento de digerir lo que me decía.
—¿No lo es? —dije frunciendo el ceño—. ¿Cómo, no es una rehén?
—No, vuestra hermana colabora con ellos libremente.
—¡Eso es mentira! —miré a mí alrededor, a los elfos, a los Heracleanos, y a Mark, esperando que ellos no oyeran lo que mis oídos escuchaban—. No puede ser. Debes estar equivocado; ella no podría estar de su lado... —dije entre dientes—. ¿Estás seguro que no está bajo su poder, un hechizo, o algo así?
—No hay encantamiento, pero ella es presa de la mentira. Es presa de su buena voluntad. —¡Llévanos allá! —le pedí.
—Así será...  Este es vuestro tercer deseo, pero os diré que penetrar en su fortaleza no puedo; os dejaré al pie de ella. Y recordad esto: no hay deseo que te ayude a penetrar hasta el castillo más que vuestra propia voluntad y esfuerzo... Decidles a vuestros reyes que se preparen para el viaje. Cuando estén listos, llevadme por encima de vuestra cabeza y formulad el deseo, y todo será hecho al instante.
Sentí como un golpe de aire en mi cuerpo; todo volvió a lo normal.
—El cristal dice que Jenny está en el Universo de la Oscuridad, donde se encuentran los Magos Oscuros. Él nos dejará afuera del castillo. Deben avisar a su gente para partir.
Axil levantó la barbilla, y uno de los elfos abandonó la carpa. Afuera, la orden fue transmitida a otro más, quien alzó una larga banderola de color rojo, señal que fue replicada por otros con iguales banderolas. Pronto, regresó el primer mensajero para indicar que la orden estaba cumplida. Entonces, salimos de la carpa; los reyes, generales y capitanes se fueron con sus correspondientes tropas. Montamos los unicornios. Alana permaneció a mi lado e, inesperadamente, me tomó de la mano y me dio un beso en la mejía.
—Que los dioses nos protejan —dijo y esbozó una sonrisa tímida, mientras con la otra mano cogía el arco y una flecha, listos para la pronta batalla. Mark, junto a nosotros, tomó su hacha y respiro hondo el aire de la aurora.
En cuanto subí el cristal y pedí el deseo, el espacio-tiempo se distorsionó bruscamente. Pero los segundos anduvieron y nada sucedió.
—¿Qué ocurre?... ¿No crees que ya pasó mucho tiempo? —preguntó Mark, con cierta preocupación en su voz.
—No sé qué pasa —respondí, haciendo mía su preocupación.
Alana me miró, también se mostraba extrañada por la demora.
—No me gusta, Daniel... —expresó ella, luego de incontables segundos.
—No temáis —dijo una voz; yo reconocí la voz del anciano del cristal—. Los Magos Oscuros presentan oposición... El poder del Cónclave es fuerte, pero no pueden vencerme... Alzadme sobre vos..., no os dejéis vencer.
Inexplicablemente comencé a sentir mucho cansancio, la oscuridad me iba envolviendo; sentí desmayar.
—Daniel, ¿Qué tienes...? —la voz de Mark se desvaneció dentro de mi cabeza, en tanto todas las luces se apagaron.
Escuché un parloteo intenso y unas manos poco delicadas que tocaban mi rostro, pero fue la palmada en la mejía derecha la que me trajo a la conciencia de presto.
—¡Despierta o te daré otra! —gritó Mark. Abrí los parpados—. ¿El cristal? —pregunté al verme tirado en medio del húmedo pasto; el cristal se encontraba a centímetros de mi mano abierta—. ¡Me desmayé! —concluí.
—Levántate, Daniel, estamos siendo atacados —apremió Alana, liberando flechas tras flechas contra el enemigo cercano.
Me recobré por completo —tuve que hacerlo pronto—, y encontré a Mark reclinado sobre mí, tratando de despertarme. Él me cubría con su escudo de las saetas y las lanzas orcos que venían desde el cielo como una mortífera lluvia. 
—Anda, no podemos esperarte más —volvió hablar Mark, tendiéndome la mano para ayudarme a incorporar.
Yo cogí la joya mágica y la eché dentro del morral. Tomé la mano de Mark y di un salto que me dejó de pie de frente a una horda de orcos, que corrían a nuestro encuentro a varias decenas de metros. 

—¡Cressenta! —grité, el escudo se materializó y creció. Cogí mi hacha—. ¡Ahora verán, ratas! —exclamé. 

Capítulo Nueve

Encuentro en las Tres Fuentes (Fragmento)


—Así que este es el mítico cristal —Makael se aproximó a ver la joya que mantenía entre mis manos. Yo se lo entregué—. Es una maravilla y ya hemos visto parte de su poder. Sin embargo, son pocas las manos en las que esa magia renace. Tal cual lo ha dicho el oráculo, vosotros sois los elegidos. 
Sus palabras me volvían a sobresaltar. Jamás en mi vida pensé que sería alguien tan importante, y que el destino de un mundo estaría en nuestras manos.
Él me devolvió el cristal luego de contemplarlo una vez más.
—Tu rey dijo que una vez estuviera el cristal en nuestras manos, podríamos reunirnos con ellos para rescatar a Jenny. —Yo especulaba que si el cristal tuvo el suficiente poder para destruir a los Shirdal en un parpadeo, también podría conducirnos con Alana, y luego con Jenny—. Dime, ¿es posible hacer eso?
Makael no respondió pronto, parecía no tener la respuesta.
—Deberíais probar. Como os dije, han sido pocas las manos que le han dado vida al cristal —respondió—. No os puedo asegurar que tanto encierra, que tan grande es su magia.
—No hay nada que nos impida saberlo —dijo Mark—. Tal vez solo sea levantarlo sobre tu cabeza como lo hiciste antes, Danny. 
—Está bien, Mark. Makael, reúne a tus alfares. Nos vamos de aquí. —Makael así lo hizo, y cuando todos estuvimos juntos, levanté la joya con forma de bellota—. ¿Qué debo decir?
—pregunté temiendo quedar como un tonto si no resultaba. 
—“¿Sácanos de aquí?” —sugirió mi hermano.
—Bien... —Me preparé para decir la frase mágica—. “Sácanos de aquí” —susurré. Esperé un segundo, nada pasó. Miré a Mark y a Makael—. No resultó, ¿será que lo dije muy suave?
—Prueba de nuevo, pero esta vez más duro —propuso Mark.
—Okey, lo diré con más convicción. —Volví a levantar el cristal y repetí el deseo con mayor fuerza—: “Sácanos de aquí.”
El viento empezó a girar alrededor de nosotros y se aceleró en cuestión de segundos. Rugió con tanta fuerza que no podía escuchar ni mis propios pensamientos. Nuestros cuerpos se liberaron de la esclavitud de la gravedad. Levitamos por encima del suelo rocoso de la montaña y cuando estábamos a varios metros del piso, fuimos expedidos al vacío a una increíble velocidad. Sentí que mi cuerpo y mis sentidos se desvanecían, y, de repente, aparecí en muchos lugares al mismo tiempo. Mi cerebro se revolvió por la incapacidad de asimilar tantos sitios a la vez. Tosí y quise decir algo, pero hablaba como si lo hiciera con miles o millones de bocas a la vez. Luego, en cosa de fracciones de segundo, volvimos al mismo punto dentro del Valle Negro. Al aterrizar, mis manos no pudieron sostener el cristal y este cayó clavándose en la árida tierra. No fui el único con las rodillas en el piso.
—¿Qué pasó? —dije, tomándome la frente con una mano, mientras con la otra intentaba apoyarme en el suelo para no caer de bruces. El mareo pasó en poco tiempo y, solo entonces, logré incorporarme.
—El cristal hizo lo que le pedisteis —escuché la vos de Makael—; él nos sacó de aquí y nos condujo a todas partes. Tal vez, si hubierais sido más específico en cuanto al destino.
—¡Caracoles! —balbuceó Mark, mientras trataba de sonreír—. Debemos intentarlo otra vez. Esto es mejor que la montaña rusa.
—Sí —respondí poniéndome de pie. Recogí el cristal y lo puse sobre mi cabeza. Luego de suspirar, dije—: ¿Están listos? Amárrense los cinturones. —Suspiré otra vez—. Bueno, aquí vamos... “Llévanos con la reina Alana.” —«Con mi amor», dije en mi mente.
El viento rugió, y, cuando abrí los ojos, el paisaje no era el mismo, nos encontrábamos en las afueras del bosque de árboles de colores, en el camino a las Tres Fuentes. Miré a mí alrededor, mi corazón se llenó de alegría cuando divisé a Alana; ella estaba sorprendida, absorta en mí. Bajó del unicornio de un salto y corrió a mi encuentro. La abracé fuertemente, y no quería dejar de besarla. 
—Mira —levanté el cristal para que pudiera verlo, contento como un niño pequeño—, lo logramos, el cristal es nuestro, y él nos ha traído de vuelta. 
—Nunca dudé de ti —respondió ella—, sabía que lo lograrías.
—Ahora podemos ir con los Magos Oscuros, a rescatar a Jenny. —Me sentía exacerbado, con deseos de tener delante de mí a los famosos Magos malvados, y acabar con la guerra. Inesperadamente, algo extraño ocurrió, todo en el entorno se detuvo en el tiempo: Mark, Alana, y los demás, hasta las hojas que el viento traía quedaron congeladas en el aire.
—Joven Daniel —escuché una voz—, no podéis hacer uso indefinido del cristal, nada más disponéis de siete deseos...
—¿Quién eres? —repliqué, volteándome en las cuatro direcciones sin ver a nadie—. Yo ya había escuchado tu voz antes... Tú me dijiste que te elevara poco antes de acabar con los Shirdal... ¿Acaso eres el cristal?
—Has dicho bien. Soy lo que vos llamaríais el alma del cristal.
—¿Tienes forma? Digo, ¿solo eres una voz acaso?
La imagen de un anciano vestido con una túnica blanca surgió de la nada. Colgaban de su cuello un abalorio formado de placas cristalinas, que con el movimiento cambiaban de colores; en las muñecas, brazaletes de plata y cristales con extraños diseños en bajo y alto relieve, le adornaban; en la cintura, un refajo compuesto de muchos trocitos de vidrios ceñía la túnica. Al principio pensé que se trataba del mismo anciano de los conjuros, pero su rostro era diferente.
—Puedo adoptar la forma que quiero, y esta me place mucho porque expreso sabiduría y paz. —El viejo sonrió dulcemente bajo la espesa barba canosa—. Vine para deciros lo que ya escuchasteis, solo os puedo consentir siete deseos, de los cuales dos ya os concedí. Para que estos no se pierdan, debéis meditarlos cuidadosamente antes de pedirlos. Debo deciros que, aunque mi poder es grande, no puedo destruir otras fuentes de magia iguales a la mía, es decir, si vuestro deseo fuera destruir a un mago, o una hechicera, no podría. Tampoco puedo sacaros de este mundo para llevaros al vuestro, pero sí puedo conduciros hasta Arthura fuera de aquí. 

—¿Qué más no puedo pedirte? —pregunté algo decepcionado—. Creí que todo esto terminaría con tu ayuda... ¿Y por qué solo siete? ¿Puedo pedirte que mis deseos se multipliquen? 

Capítulo Ocho

En busca del cristal (Fragmento)


Como lo anunció el rey Ebrón, partimos dos días después antes del alba rumbo al punto de encuentro llamado Las Tres Fuentes. Tal como se acordó, mi hermano, yo y una partida de veinte guerreros elfos —de los más diestros en el tiro de arco, en el uso de la daga y la espada, y expertos lanceros—, nos separaríamos de la ruta principal para dirigirnos al Valle Negro, o “Valle Siniestro” como también le conocían.
Según el censo de Ebrón: siete mil alfares partían a la contienda; de ellos, tres mil quinientos iban a caballo. Cruzamos el puente que unía las dos riberas del río. A medida que subíamos por el mismo camino que, unos días antes nos trajo, veíamos como aquellos islotes flotantes, se volvían cada vez distantes hasta desaparecer detrás del horizonte. Todo transcurrió sin novedad durante esos días, luego de que saliéramos de Stonters; sí, y nada sin novedad en cuanto a Alana y a mí, nuestra relación también se volvió tranquila y fría como las noches que nos acogían. Era parte de su cargo como reina el no tener una vida romántica como la tendría cualquier chica humana o elfina de su edad. A pesar de sus doscientos años, ella era una adolescente. Yo sabía que me quería, que me amaba y sin embargo, a pesar que la pasábamos juntos, no podíamos demostrar delante de todos, nuestros sentimientos. Supuse que por ese motivo, Kaleín, siempre tuvo una actitud sombría hacia mi relación con su hermana porque sabía lo que vendría después.
Cuando el sol empezó a caer y la luna despertaba de su sueño diurno, comenzamos hacer el campamento. Entonces, la tenue luz de la luna se fue esparciendo como un manto por todo el solitario campo, por sobre las exiguas arboledas que allí crecían, los acantilados, y las montañas circunvecinas. Al día siguiente, cada uno, tomaríamos nuestros caminos. Yo necesitaba escuchar su voz solo para mí.
—Alana —vi la oportunidad de hablar con ella cuando los capitanes se apartaron.
—Daniel —me sonrió—, iba a buscarte en este momento. Quería..., decirte que me disculparas porque... ya ves, ser reina no es un trabajo fácil. Y… no hay mucho tiempo para mí misma...
—Tranquila —dije, aproximándome a ella—. Entiendo... —Cogí su mano y la acaricié entre mis dedos—. No tienes que explicar nada... Sí, es cierto, hemos estado cerca, pero lejos. Sé lo importante que es todo esto para ti y para tu pueblo... También lo es para mí. — Miré sus ojos brillantes como la luna, y, entonces la abracé y le di un beso.
Cuando nuestros labios se apartaron, eché un vistazo alrededor; la cogí de la mano y, como dos niños, corrimos a un lugar en donde la vigilancia era poca, en donde la penumbra pudiera ocultarnos.
—¿A dónde vamos? —rió suavemente. No le respondí.
Llegamos entre las sombras; la besé primero, luego nos besamos y acariciamos, y así seguimos hasta un poco antes que la luz del nuevo día surgiera.
 
—Reina Alana... Su Majestad, es tiempo de partir. —La voz sonó en mis sueños. Fui yo quien primero se despertó, luego, casi de inmediato, Alana—. El sol está pronto a salir. Perdonad que os moleste, mi reina.
El elfo permanecía de pie a corta distancia, y, un poco atrás de él, el rey Ebrón arriba de su caballo, junto con sus capitanes, nos veía. Alana se puso de pie; arregló su traje y lo sacudió con las manos, quitándose las hojas secas pegadas.
—Perdonad, rey Ebrón. Nos quedamos dormidos —replicó Alana, a una pregunta que no se había hecho.
Yo también me levanté avergonzado de haber sido descubiertos.
—No ha pasado nada —dije excusándome, limpiando mi ropa; aunque, en realidad, no sucedió nada. 
—No os preocupéis, vamos a tiempo —dijo Ebrón, con un tono casi paternal—. Subid a vuestras monturas, que el camino por delante es largo y arduo.
Ambos montamos en los unicornios y partimos. Alana me observaba; yo me sentía feliz. 
Pasaron las horas; el sol en poco llegaría a su cenit. 
—Sé que lo harán bien, pero aun así, ten cuidado —me aconsejó ella—, un descuido puede ser fatal. Prométeme que te cuidarás; la misión es importante, pero tu vida también. —mostró una sonrisa triste—. Yo te esperaré todo el tiempo que sea necesario.
—¿Sabes? De donde vengo, no hay chicas tan hermosas como tú. —Le sonreí tímidamente—... La verdad, eres la primera en mi vida. —Estaba abriendo mi corazón ante la mujer (o elfina) más bella del universo—. Te diré que eres la mejor razón para desear vivir mil años. A mis diecisiete años nunca sentí algo así por nadie... Bueno —recordé, y quise confesarle—, realmente sí hubo una chica: Sue Parker, pero solo fue platónico. Nunca le dije nada porque sabía que yo no era de su tipo; ella los quería altos y fuertes como Mark... Realmente, ahora que lo recuerdo, ellos fueron novios por un tiempo… —Alana me observaba en silencio—. Y luego, rompieron, y cada quien terminó siendo novio de alguien más. 
Noté que ella se mantenía impávida ante mi relato; ni una pizca de celos por Sue Parker.
—¿Platónico? ¿Qué significa? —interrogó.
—Ah, es cuando quieres a alguien, pero no se lo dices, y, así, dejas que el tiempo pase hasta que viene otra persona más valiente que tú, y esa persona sí se lo dice y se queda con ese alguien a quien tú querías... ¿Comprendes?
—Sí, creo que sí, y lamento que solo te hayas quedado con ese sentimiento... No entiendo como alguien valiente como tú no le abriste tu corazón y le dijiste lo que había en él —respondió sin mostrar ninguna clase de celos—.  ¿Era bella? —agregó.
—Sí, mucho, pero no como tú —le aclaré apresurado. 
—Gracias, Daniel... Quería preguntarte también: ¿si “novios” son como tú y yo?... Quiero decir, ese lazo entre los dos —dijo curiosa.
—Sí —respondí—, así como tú y yo... —sonreí—... Luego viene el matrimonio y los hijos. Pero eso es mucho después, así que no tienes que preocuparte todavía.
—Disculpa que sea muy curiosa... ¿Es natural que en tu mundo se cambien de novios?
Pensé.
—Para los humanos es natural experimentar primero —respondí, mientras trataba de recordar algunas cosas de las clases de psicología—. Verás, nosotros pasamos por diferentes etapas, desde que nacemos y, en todas, experimentamos. Con estas experiencias vamos aprendiendo cómo desenvolvernos en el mundo y… en nuestras vidas... Pero veo que aún no te he respondido ¿verdad?... Para algunos, así como mi hermano, cambiar de novia es natural... Supongo que le gusta experimentar bastante.
Alana movió suavemente la cabeza de arriba abajo. 
—¿A qué edad se casan las chicas humanas? —siguió preguntando. 
—No lo sé, supongo que entre veinte y treinta años. ¿Y ustedes?
—Las elphus unimos nuestras vidas a partir de los trescientos años...

—Tienes doscientos ahora —levanté las cejas mientras pensaba en los años que faltaban—, no creo poder vivir tanto. 

Capítulo Siete.

La Alianza (Fragmento)


Me zambullí en las entrañas del remolino y nadé muy profundo, donde las aguas eran oscuras y a la luz se le negaba el paso. Braceaba, procurando tener un indicio de Mark, pero todo resultaba inútil. A pesar de eso no me di por vencido. En una de las patadas, algo se enredó en mi tobillo, obligándome a detener para liberarme de sus largas y frías elongaciones: era un alga. Inmediatamente fui apresado e inmovilizado por otros de sus tentáculos. Tras torcerme y seguir pataleando por varios segundos, los ligamentos, finalmente, se desprendieron dejándome en libertad. Proseguí nadando; pronto el aire se acabaría.
«¡Sigue, Daniel!», dijo la exigua voz de Alana. Tuve una fuerte sensación, supe entonces que pronto llegaría donde Mark.
Mis manos tocaron su abrigo, así que me aferré a él con fuerza y lo jalé, braceando y dando zancadas con lo último de mi aliento. LogrLa Alié romper las ataduras de las algas que lo mantenían sumergido y nadé como nunca lo hice. Nadé sin importar mi agotamiento, ni que tan profundo nos encontrábamos. Un punto luminoso en lo alto fue mi guía. Nunca estuve tan feliz de ver el sol. Abracé a Mark; ambos flotábamos.
—¡Maldición, Mark! ¡Despierta! —le dije casi como una súplica. Su rostro aún conservaba el color en sus mejías: él seguía vivo. Al no obtener respuesta, lo tomé por las solapas y grité—: ¡Mark, despierta! —y lo amenacé—: Si no despiertas, te golpearé..., y eso no te gustará nada... Va en serio, Mark —lo zarandeé—. Tú lo quisiste. —Como no despertaba, le propiné una bofetada mientras le gritaba—: «Despierta». —A punto de atizarle la segunda, sus párpados temblaron y se abrieron con los ojos desencajados.
—¿Qué piensas hacer? —balbuceó, cubriéndose la cara con la mano izquierda, tomándome por la manga de la camiseta con la otra.
Su reacción me dio tanta alegría que lo abracé riendo, por no llorar de emoción.
 —Es hora de volver —le dije, empujándolo—. Debes concentrarte. Piensa en que debes regresar donde los espejos... ¡Alana, ayúdanos! —clamé, mirando el entorno como si ella estuviera allí. Yo sabía, sin embargo, que ella me escuchaba. El ronco canto de los elfos llenó el aire.
Recordé la intensidad con la que debía hacerlo; cerré los ojos y me concentré. Luego de repetir las mismas palabras, casi un conjuro, tanto en voz alta como dentro de mi cabeza, ocurrió que fuimos transportados.   
Cuando abrí los ojos, Alana seguía arrodillada a nuestro lado; se levantó y retrocedió tres pasos. 
—¿Y Jenny? ¿La han rescatado? —interrogué. Una sensación de ansiedad me llenó al no verla. Miré a Mark; él se encontraba de regreso, permanecía sentado a mi lado y en el semblante mostraba la misma desolación y cansancio que yo. Nos pusimos de pie, en tanto ella negaba ligeramente con la cabeza y volteaba el rostro en dirección de los espejos. Miré al piso, y no podía dejar de sentirme culpable. Ya no se trataba de lo que le diría a Steward, sino de que habíamos perdido a nuestra hermana, quizá para siempre.
—Lo siento mucho —salieron de su boca estas palabras—, pero no pudimos evitarlo. Mientras ustedes yacían bajo el poder de los magos oscuros, nosotros combatimos a los orcus, pero aquí adentro, los magos tienen mucho poder, pues son sus dominios. Los espejos se alinearon abriendo el paso a otra zona, que solo ellos conocen —Alana puso su mano suavemente en mi hombro y lo frotó, tratando de darme ánimo—. Llegó el momento en que tuvimos que decidir a quién salvar: si a vuestra hermana o a vosotros. Jenny aún permanece con vida en alguna parte, pero las vidas de vosotros se perdían, por eso escogimos vuestras vidas. Fue la oportunidad que los orcus esperaban para huir.
 Sabía que mis ojos estaban rojos y llorosos, no por el tiempo bajo las aguas. No di el rostro, pues me avergonzaba que me vieran llorar, especialmente ella, así que, mientras me mordía los labios, me agaché para recoger mi hacha, que de poco me había servido.
—No debió de haber pasado nada de esto... Todo solo debió ser un juego tonto —me dije con el corazón lleno de tristeza. Alana vino lentamente a mí y me abrazó. Su tibia mejía hizo contacto con la mía. Entonces me frotó la espalda tratando de consolar mi dolor. En este momento no me importaba lo que Kaleín pensara. Estuvimos así un rato. 
Los señores elfos se dispersaron y tomaron sus armas y levantaron los cuerpos de los nobles guerreros caídos en la batalla.
 
Cuando salimos, comprendí por qué al sitio se le llamaba El Laberinto de los Espejos, no se refería a que, en sí, fuera un laberinto si no por la compleja disposición de las imágenes de los miles de espejos. Los espejos no se movían, como en un principio se nos dijo —o así lo comprendí—, eran las figuras las que daban la ilusión de movimiento. Como en un mazo de naipes, que con solo 52 cartas, se pueden hallar miles de millones de posibles combinaciones, los miles de espejos formaban infinitas combinaciones, y si cada una de estas nos podía enviar a un mundo, o a un universo distinto, entonces, no existía manera, como dijeron los elfos, de saber el destino de quien cruzara el umbral del laberinto. 

sábado, 27 de mayo de 2017

Capítulo Seis

Ataque al Cónclave de los Magos Oscuros 
(Fragmento)

La saeta cayó partida en dos más allá de su punto de encuentro con el filo del hacha. Thor se incrustó en el piso de losas pétreas a unos sesenta metros de distancia de nosotros. En el segundo que esta rompía la vara de la flecha, logré interponer el escudo frente a Alana. La espada de hoja curva quedó adherida en él, sin penetrarla.
Thor vibró y se desprendió del piso retornando a las manos de su dueño, mientras mi escudo se replegaba, cayendo en el suelo la espada de Jenny.
 —Alana —pronuncié su nombre. Cuando todo acabó, giré y la abracé. Necesitaba saber que se encontraba bien. Entonces, di la vuelta hacia Jenny y me dirigí a ella para abrazarla con fuerza. Mark corrió junto a nosotros y, abarcándonos con los brazos, nos atrapó con ellos. Los tres lloramos como niños pequeños. Él nos acariciaba la cabeza y nos palmeaba los hombros—. Nunca perdí las esperanzas de hallarte —le dije, templando la voz—. Aunque, por momentos casi lo hacía.
—¡Dany!... ¡Mark! —chilló Jenny—. Hermanitos..., ellos me dijeron que estaban bajo el hechizo de esa bruja y sus hordas. Y que debía asesinarla para liberarlos del encantamiento, o morirían.
Nos separamos y nos vimos a los ojos, había tanta alegría que olvidamos la presencia de los enemigos.
—¿Qué haces con estos? —le pregunté como un reclamo, haciendo a un lado la inflexión de mis labios—. Ellos son los malos —le dije.
—Sí, te has equivocado de lado —dijo Mark.
—No —alargó aquel "no"—. Yo así lo creía, pero me demostraron que estaba equivocada —miramos hacia los magos oscuros—. En realidad solo me salvaban de ellos —Jenny giró el rostro hacia Alana y los demás Elfos y Heracleanos—. Ellos son los malos. Los magos me lo enseñaron en las pilas de las Aguas Mágicas. Esa mujer, a la que llamas Alana, lanzó un conjuro sobre los dos, y desde entonces ven nada más lo que ellos quieren que vean.
—Si fuera así, ¿por qué la capucha en tu cabeza? —dijo Mark con ese aire de querer tener la razón.
—Fue para que su hechizo no me llegara a mí —respondió Jenny, claramente convencida de lo que decía—. Tenemos que eliminarla, o no podremos regresar a casa. Deben creerme.
—No es así —respondí—. El cristal dijo que ellos te habían engañado.
—¿Cristal?...
—Este... —respondí sin terminar la frase, quedando a punto de sacar el cristal del bolso.
Mark habló en ese momento:
—Hay una forma de saber quién dice la verdad... —susurró Mark. Nos acercamos a él para que pudiera explicarnos.
—Es buena idea —dije. Jenny asintió con la cabeza—. Haremos así como dices, Mark. —Luego me adelanté, mientras Jenny y Mark se apartaban—. Hemos llegado a un acuerdo con mis hermanos —grité para que todos pudieran escucharme—. Hemos acordado no intervenir en su lucha. —Si hubo alguna muestra de asombro, no la pude discernir. Ambos bandos permanecían en guardia, listos para atacarse—. Nosotros nos iremos por donde vinimos y ustedes podrán seguir con lo suyo —dije. Volví con mis hermanos y sin darles la espalda nos dirigimos a la salida del salón. Jenny cogió su espada del suelo; la empuñó entre las manos, lista a usarla en contra de quienes ella creía sus enemigos: los Elfos y Heracleanos.
Mis ojos buscaron a los de Alana; dentro de mí sabía que no podía haber error.  Los ojos de ella tampoco se apartaron de los míos a pesar de poner en riesgo su vida al descuidarse del enemigo. Kaleín vio por un instante cómo nos retirábamos, pero no hizo nada para evitarlo. Cuando estuvimos a punto de cruzar el umbral de roca del salón...
—¡Detenedles, no dejéis que se vayan! —sonó una voz antigua.
Las fuerzas Orcos intentaron cerrar el círculo alrededor nuestro. Los Heracleanos y Elfos se interpusieron; la violenta escaramuza se armó. Las espadas cobraron sus cuotas de sangre Orco, Elfo, Heracleano y la de los nuevos enemigos de cuatro alas. El grupo de magos oscuros comenzó andar entre los combatientes sin ser tocados por flecha o espada alguna, pues un escudo invisible les protegía.
—¡Aprisa! —gritó Mark—. ¿Qué dices ahora, Jenny...? —interrogó, frenando abruptamente ante la presencia de un Troll. Mark irguió la cabeza mirando con asombro al gigante cuyo cuerpo terminaba de desdoblar, luego de pasar por el arco de la puerta que resultaba ser chico para él. Traía los brazos hacia atrás, dejándolos por fuera de la entrada.
—¿Por qué no nos dejas pasar Ark? —Jenny le habló al gigante; este no respondió—. No comprendo, tú eres mi amigo a pesar que no te huelen bien las axilas... ¡Déjanos ir!
—Aun no, pequeña mía —dijo el mago oscuro encabezando su grupo—. No podéis iros todavía cuando casi cumplís vuestro cometido.
—¡Aelfric! ¿Qué pasa? —interrogó Jenny al anciano del largo gabán—. ¿Por qué no nos deja ir?
—Ahora que ya están todos reunidos aquí, en familia, ¿por qué queréis partir? —replicó el anciano—. Hemos esperado tanto por vuestra presencia que no está bien que os vayáis así, sois los invitados principales. Lamento deciros que ellos tenían razón. Muchas veces la inocencia es un arma de doble filo, y hace daño a quien la posee. Como ya os diste cuenta, os mentí, pero fue por una buena causa... Nuestra causa... Para eliminar el peligro que se cierne sobre nosotros, debemos eliminarlo desde la raíz, y vosotros sois esa raíz —levantó las manos queriendo tomar las de Jenny; ella las apartó—. Ahora que me estaba encariñando de vos, tengo que mataros y a vuestros hermanos. Pero ¿qué más da?, cualquier cachorro os puede remplazar...
—Eres un...
—Ha, ha. No os atreváis —la interrumpió Aelfric—. Son palabras muy feas para vuestros labios... y para alguien que dejará de existir ahora... Si esperabais alguna ayuda, temo que esta no vendrá —dijo, señalando con la mano en dirección de la entrada, donde se hallaba el Troll. El gigante trajo los brazos hacia adelante; con cada mano cogía el cuerpo sin vida de un Elfo. Kaleín y Alana los vieron y reconocieron en ellos a Alaric y a Aelric. El Troll lanzó los cadáveres a nuestros pies y terminó de hacer su entrada. Detrás de él venían muchos Troll, junto con hordas de Orcos con largas picas y pesadas espadas.