miércoles, 27 de diciembre de 2017

Capítulo Siete.

La Alianza (Fragmento)


Me zambullí en las entrañas del remolino y nadé muy profundo, donde las aguas eran oscuras y a la luz se le negaba el paso. Braceaba, procurando tener un indicio de Mark, pero todo resultaba inútil. A pesar de eso no me di por vencido. En una de las patadas, algo se enredó en mi tobillo, obligándome a detener para liberarme de sus largas y frías elongaciones: era un alga. Inmediatamente fui apresado e inmovilizado por otros de sus tentáculos. Tras torcerme y seguir pataleando por varios segundos, los ligamentos, finalmente, se desprendieron dejándome en libertad. Proseguí nadando; pronto el aire se acabaría.
«¡Sigue, Daniel!», dijo la exigua voz de Alana. Tuve una fuerte sensación, supe entonces que pronto llegaría donde Mark.
Mis manos tocaron su abrigo, así que me aferré a él con fuerza y lo jalé, braceando y dando zancadas con lo último de mi aliento. LogrLa Alié romper las ataduras de las algas que lo mantenían sumergido y nadé como nunca lo hice. Nadé sin importar mi agotamiento, ni que tan profundo nos encontrábamos. Un punto luminoso en lo alto fue mi guía. Nunca estuve tan feliz de ver el sol. Abracé a Mark; ambos flotábamos.
—¡Maldición, Mark! ¡Despierta! —le dije casi como una súplica. Su rostro aún conservaba el color en sus mejías: él seguía vivo. Al no obtener respuesta, lo tomé por las solapas y grité—: ¡Mark, despierta! —y lo amenacé—: Si no despiertas, te golpearé..., y eso no te gustará nada... Va en serio, Mark —lo zarandeé—. Tú lo quisiste. —Como no despertaba, le propiné una bofetada mientras le gritaba—: «Despierta». —A punto de atizarle la segunda, sus párpados temblaron y se abrieron con los ojos desencajados.
—¿Qué piensas hacer? —balbuceó, cubriéndose la cara con la mano izquierda, tomándome por la manga de la camiseta con la otra.
Su reacción me dio tanta alegría que lo abracé riendo, por no llorar de emoción.
 —Es hora de volver —le dije, empujándolo—. Debes concentrarte. Piensa en que debes regresar donde los espejos... ¡Alana, ayúdanos! —clamé, mirando el entorno como si ella estuviera allí. Yo sabía, sin embargo, que ella me escuchaba. El ronco canto de los elfos llenó el aire.
Recordé la intensidad con la que debía hacerlo; cerré los ojos y me concentré. Luego de repetir las mismas palabras, casi un conjuro, tanto en voz alta como dentro de mi cabeza, ocurrió que fuimos transportados.   
Cuando abrí los ojos, Alana seguía arrodillada a nuestro lado; se levantó y retrocedió tres pasos. 
—¿Y Jenny? ¿La han rescatado? —interrogué. Una sensación de ansiedad me llenó al no verla. Miré a Mark; él se encontraba de regreso, permanecía sentado a mi lado y en el semblante mostraba la misma desolación y cansancio que yo. Nos pusimos de pie, en tanto ella negaba ligeramente con la cabeza y volteaba el rostro en dirección de los espejos. Miré al piso, y no podía dejar de sentirme culpable. Ya no se trataba de lo que le diría a Steward, sino de que habíamos perdido a nuestra hermana, quizá para siempre.
—Lo siento mucho —salieron de su boca estas palabras—, pero no pudimos evitarlo. Mientras ustedes yacían bajo el poder de los magos oscuros, nosotros combatimos a los orcus, pero aquí adentro, los magos tienen mucho poder, pues son sus dominios. Los espejos se alinearon abriendo el paso a otra zona, que solo ellos conocen —Alana puso su mano suavemente en mi hombro y lo frotó, tratando de darme ánimo—. Llegó el momento en que tuvimos que decidir a quién salvar: si a vuestra hermana o a vosotros. Jenny aún permanece con vida en alguna parte, pero las vidas de vosotros se perdían, por eso escogimos vuestras vidas. Fue la oportunidad que los orcus esperaban para huir.
 Sabía que mis ojos estaban rojos y llorosos, no por el tiempo bajo las aguas. No di el rostro, pues me avergonzaba que me vieran llorar, especialmente ella, así que, mientras me mordía los labios, me agaché para recoger mi hacha, que de poco me había servido.
—No debió de haber pasado nada de esto... Todo solo debió ser un juego tonto —me dije con el corazón lleno de tristeza. Alana vino lentamente a mí y me abrazó. Su tibia mejía hizo contacto con la mía. Entonces me frotó la espalda tratando de consolar mi dolor. En este momento no me importaba lo que Kaleín pensara. Estuvimos así un rato. 
Los señores elfos se dispersaron y tomaron sus armas y levantaron los cuerpos de los nobles guerreros caídos en la batalla.
 
Cuando salimos, comprendí por qué al sitio se le llamaba El Laberinto de los Espejos, no se refería a que, en sí, fuera un laberinto si no por la compleja disposición de las imágenes de los miles de espejos. Los espejos no se movían, como en un principio se nos dijo —o así lo comprendí—, eran las figuras las que daban la ilusión de movimiento. Como en un mazo de naipes, que con solo 52 cartas, se pueden hallar miles de millones de posibles combinaciones, los miles de espejos formaban infinitas combinaciones, y si cada una de estas nos podía enviar a un mundo, o a un universo distinto, entonces, no existía manera, como dijeron los elfos, de saber el destino de quien cruzara el umbral del laberinto. 

sábado, 27 de mayo de 2017

Capítulo Seis

Ataque al Cónclave de los Magos Oscuros 
(Fragmento)

La saeta cayó partida en dos más allá de su punto de encuentro con el filo del hacha. Thor se incrustó en el piso de losas pétreas a unos sesenta metros de distancia de nosotros. En el segundo que esta rompía la vara de la flecha, logré interponer el escudo frente a Alana. La espada de hoja curva quedó adherida en él, sin penetrarla.
Thor vibró y se desprendió del piso retornando a las manos de su dueño, mientras mi escudo se replegaba, cayendo en el suelo la espada de Jenny.
 —Alana —pronuncié su nombre. Cuando todo acabó, giré y la abracé. Necesitaba saber que se encontraba bien. Entonces, di la vuelta hacia Jenny y me dirigí a ella para abrazarla con fuerza. Mark corrió junto a nosotros y, abarcándonos con los brazos, nos atrapó con ellos. Los tres lloramos como niños pequeños. Él nos acariciaba la cabeza y nos palmeaba los hombros—. Nunca perdí las esperanzas de hallarte —le dije, templando la voz—. Aunque, por momentos casi lo hacía.
—¡Dany!... ¡Mark! —chilló Jenny—. Hermanitos..., ellos me dijeron que estaban bajo el hechizo de esa bruja y sus hordas. Y que debía asesinarla para liberarlos del encantamiento, o morirían.
Nos separamos y nos vimos a los ojos, había tanta alegría que olvidamos la presencia de los enemigos.
—¿Qué haces con estos? —le pregunté como un reclamo, haciendo a un lado la inflexión de mis labios—. Ellos son los malos —le dije.
—Sí, te has equivocado de lado —dijo Mark.
—No —alargó aquel "no"—. Yo así lo creía, pero me demostraron que estaba equivocada —miramos hacia los magos oscuros—. En realidad solo me salvaban de ellos —Jenny giró el rostro hacia Alana y los demás Elfos y Heracleanos—. Ellos son los malos. Los magos me lo enseñaron en las pilas de las Aguas Mágicas. Esa mujer, a la que llamas Alana, lanzó un conjuro sobre los dos, y desde entonces ven nada más lo que ellos quieren que vean.
—Si fuera así, ¿por qué la capucha en tu cabeza? —dijo Mark con ese aire de querer tener la razón.
—Fue para que su hechizo no me llegara a mí —respondió Jenny, claramente convencida de lo que decía—. Tenemos que eliminarla, o no podremos regresar a casa. Deben creerme.
—No es así —respondí—. El cristal dijo que ellos te habían engañado.
—¿Cristal?...
—Este... —respondí sin terminar la frase, quedando a punto de sacar el cristal del bolso.
Mark habló en ese momento:
—Hay una forma de saber quién dice la verdad... —susurró Mark. Nos acercamos a él para que pudiera explicarnos.
—Es buena idea —dije. Jenny asintió con la cabeza—. Haremos así como dices, Mark. —Luego me adelanté, mientras Jenny y Mark se apartaban—. Hemos llegado a un acuerdo con mis hermanos —grité para que todos pudieran escucharme—. Hemos acordado no intervenir en su lucha. —Si hubo alguna muestra de asombro, no la pude discernir. Ambos bandos permanecían en guardia, listos para atacarse—. Nosotros nos iremos por donde vinimos y ustedes podrán seguir con lo suyo —dije. Volví con mis hermanos y sin darles la espalda nos dirigimos a la salida del salón. Jenny cogió su espada del suelo; la empuñó entre las manos, lista a usarla en contra de quienes ella creía sus enemigos: los Elfos y Heracleanos.
Mis ojos buscaron a los de Alana; dentro de mí sabía que no podía haber error.  Los ojos de ella tampoco se apartaron de los míos a pesar de poner en riesgo su vida al descuidarse del enemigo. Kaleín vio por un instante cómo nos retirábamos, pero no hizo nada para evitarlo. Cuando estuvimos a punto de cruzar el umbral de roca del salón...
—¡Detenedles, no dejéis que se vayan! —sonó una voz antigua.
Las fuerzas Orcos intentaron cerrar el círculo alrededor nuestro. Los Heracleanos y Elfos se interpusieron; la violenta escaramuza se armó. Las espadas cobraron sus cuotas de sangre Orco, Elfo, Heracleano y la de los nuevos enemigos de cuatro alas. El grupo de magos oscuros comenzó andar entre los combatientes sin ser tocados por flecha o espada alguna, pues un escudo invisible les protegía.
—¡Aprisa! —gritó Mark—. ¿Qué dices ahora, Jenny...? —interrogó, frenando abruptamente ante la presencia de un Troll. Mark irguió la cabeza mirando con asombro al gigante cuyo cuerpo terminaba de desdoblar, luego de pasar por el arco de la puerta que resultaba ser chico para él. Traía los brazos hacia atrás, dejándolos por fuera de la entrada.
—¿Por qué no nos dejas pasar Ark? —Jenny le habló al gigante; este no respondió—. No comprendo, tú eres mi amigo a pesar que no te huelen bien las axilas... ¡Déjanos ir!
—Aun no, pequeña mía —dijo el mago oscuro encabezando su grupo—. No podéis iros todavía cuando casi cumplís vuestro cometido.
—¡Aelfric! ¿Qué pasa? —interrogó Jenny al anciano del largo gabán—. ¿Por qué no nos deja ir?
—Ahora que ya están todos reunidos aquí, en familia, ¿por qué queréis partir? —replicó el anciano—. Hemos esperado tanto por vuestra presencia que no está bien que os vayáis así, sois los invitados principales. Lamento deciros que ellos tenían razón. Muchas veces la inocencia es un arma de doble filo, y hace daño a quien la posee. Como ya os diste cuenta, os mentí, pero fue por una buena causa... Nuestra causa... Para eliminar el peligro que se cierne sobre nosotros, debemos eliminarlo desde la raíz, y vosotros sois esa raíz —levantó las manos queriendo tomar las de Jenny; ella las apartó—. Ahora que me estaba encariñando de vos, tengo que mataros y a vuestros hermanos. Pero ¿qué más da?, cualquier cachorro os puede remplazar...
—Eres un...
—Ha, ha. No os atreváis —la interrumpió Aelfric—. Son palabras muy feas para vuestros labios... y para alguien que dejará de existir ahora... Si esperabais alguna ayuda, temo que esta no vendrá —dijo, señalando con la mano en dirección de la entrada, donde se hallaba el Troll. El gigante trajo los brazos hacia adelante; con cada mano cogía el cuerpo sin vida de un Elfo. Kaleín y Alana los vieron y reconocieron en ellos a Alaric y a Aelric. El Troll lanzó los cadáveres a nuestros pies y terminó de hacer su entrada. Detrás de él venían muchos Troll, junto con hordas de Orcos con largas picas y pesadas espadas. 

domingo, 5 de marzo de 2017

Capítulo Cinco


Encuentro en Las Tres Fuentes
(Fragmento)

—Así que este es el mítico cristal —Makael se aproximó a ver la joya que mantenía entre mis manos. Yo se lo entregué—. Es una maravilla y ya hemos visto parte de su poder. Sin embargo, son pocas las manos en las que esa magia renace. Tal cual lo ha dicho el oráculo, vosotros sois los elegidos.
Sus palabras me volvían a sobresaltar. Jamás en mi vida pensé que sería alguien tan importante, y que el destino de un mundo estaría en nuestras manos.
Él me devolvió el cristal luego de contemplarlo una vez más.
—Tu rey dijo que una vez estuviera el cristal en nuestras manos, podríamos reunirnos con ellos para rescatar a Jenny. —Yo especulaba que si el cristal tuvo el suficiente poder para destruir a los Shirdal en un parpadeo, también podría conducirnos con Alana, y luego con Jenny—. Dime, ¿es posible hacer eso?
Makael no respondió pronto, parecía no tener la respuesta.
—Deberíais probar. Como os dije, han sido pocas las manos que le han dado vida al cristal —respondió—. No os puedo asegurar que tanto encierra, que tan grande es su magia.
—No hay nada que nos impida saberlo —dijo Mark—. Tal vez solo sea levantarlo sobre tu cabeza como lo hiciste antes, Danny.
—Está bien, Mark. Makael, reúne a tus alfares. Nos vamos de aquí. —Makael así lo hizo, y cuando todos estuvimos juntos, levanté la joya con forma de bellota—. ¿Qué debo decir? —pregunté temiendo quedar como un tonto si no resultaba.
—“¿Sácanos de aquí?” —sugirió mi hermano.
—Bien... —Me preparé para decir la frase mágica—. “Sácanos de aquí” —susurré. Esperé un segundo, nada pasó. Miré a Mark y a Makael—. No resultó, ¿será que lo dije muy suave?
—Prueba de nuevo, pero esta vez más duro —propuso Mark.
—Okey, lo diré con más convicción. —Volví a levantar el cristal y repetí el deseo con mayor fuerza—: “Sácanos de aquí.”
El viento empezó a girar alrededor de nosotros y se aceleró en cuestión de segundos. Rugió con tanta fuerza que no podía escuchar ni mis propios pensamientos. Nuestros cuerpos se liberaron de la esclavitud de la gravedad. Levitamos por encima del suelo rocoso de la montaña y cuando estábamos a varios metros del piso, fuimos expedidos al vacío a una increíble velocidad. Sentí que mi cuerpo y mis sentidos se desvanecían, y, de repente, aparecí en muchos lugares al mismo tiempo. Mi cerebro se revolvió por la incapacidad de asimilar tantos sitios a la vez. Tosí y quise decir algo, pero hablaba como si lo hiciera con miles o millones de bocas en el mismo segundo. Luego, en cosa de fracciones de segundo, volvimos al mismo punto dentro del Valle Negro. Al aterrizar, mis manos no pudieron sostener el cristal y este cayó clavándose en la árida tierra. No fui el único con las rodillas en el piso.
—¿Qué pasó? —dije, tomándome la frente con una mano, mientras con la otra intentaba apoyarme para no caer de bruces. El mareo pasó en poco tiempo y, solo entonces, logré incorporarme.
—El cristal hizo lo que le pedisteis —escuché la vos de Makael—; él nos sacó de aquí y nos condujo a todas partes. Tal vez, si hubierais sido más específico en cuanto al destino.
—¡Caracoles! —balbuceó Mark, mientras trataba de sonreír—. Debemos intentarlo otra vez. Esto es mejor que la montaña rusa.
—Sí —respondí poniéndome de pie. Recogí el cristal y lo puse sobre mi cabeza. Luego de suspirar, dije—: ¿Están listos? Amárrense los cinturones. —Suspiré otra vez—. Bueno, aquí vamos... “Llévanos con la reina Alana.” —«Con mi amor», dije en mi mente.
El viento rugió, y, cuando abrí los ojos, el paisaje no era el mismo, nos encontrábamos en las afueras del bosque de árboles de colores, en el camino a las Tres Fuentes. Miré a mi alrededor, mi corazón se llenó de alegría cuando divisé a Alana; ella estaba sorprendida, absorta en mí. Bajó del unicornio de un salto y corrió a mi encuentro. La abracé fuertemente, y no quería dejar de besarla.
—Mira —levanté el cristal para que pudiera verlo, contento como un niño pequeño—, lo logramos, el cristal es nuestro, y él nos ha traído de vuelta.
—Nunca dudé de ti —respondió ella—, sabía que lo lograrías.
—Ahora podemos ir con los Magos Oscuros, a rescatar a Jenny. —Me sentía exacerbado, con deseos de tener delante de mí a los famosos Magos malvados, y acabar con la guerra. Inesperadamente, algo extraño ocurrió, todo en el entorno se detuvo en el tiempo: Mark, Alana, y los demás, hasta las hojas que el viento traía quedaron congeladas en el aire.
—Joven Danniell —escuché una voz—, no podéis hacer uso indefinido del cristal, nada más disponéis de siete deseos...
—¿Quién eres? —repliqué, volteándome en las cuatro direcciones sin ver a nadie—. Yo ya había escuchado tu voz antes... Tú me dijiste que te elevara poco antes de acabar con los Shirdal... ¿Acaso eres el cristal?
—Has dicho bien. Soy lo que vos llamaríais el alma del cristal.
—¿Tienes forma? Digo, ¿solo eres una voz acaso?
La imagen de un anciano vestido con una túnica blanca surgió de la nada. Colgaban de su cuello un abalorio formado de placas cristalinas, que con el movimiento cambiaban de colores; en las muñecas, brazaletes de plata y cristales con extraños diseños en bajo y alto relieve, le adornaban; en la cintura, un refajo compuesto de muchos trocitos de vidrios ceñía la túnica. Al principio pensé que se trataba del mismo anciano de los conjuros, pero su rostro era diferente.
—Puedo adoptar la forma que quiero, y esta me place mucho porque expreso sabiduría y paz. —El viejo sonrió dulcemente bajo la espesa barba canosa—. Vine para deciros lo que ya escuchasteis, solo os puedo consentir siete deseos, de los cuales dos ya os concedí. Para que estos no se pierdan, debéis meditarlos cuidadosamente antes de pedirlos. Debo deciros que, aunque mi poder es grande, no puedo destruir otras fuentes de magia iguales a la mía, es decir, si vuestro deseo fuera destruir a un mago, o una hechicera, no podría. Tampoco puedo sacaros de este mundo para llevaros al vuestro, pero sí puedo conduciros hasta Arthura fuera de aquí.
—¿Qué más no puedo pedirte? —pregunté algo decepcionado—. Creí que todo esto terminaría con tu ayuda... ¿Y por qué solo siete? ¿Puedo pedirte que mis deseos se multipliquen?
El anciano sonrió afable nuevamente.
—No, ni pedir dos deseos dentro de uno mismo, tampoco podéis pedirme traer a la vida a alguien que se haya marchado y que ya sea parte de natura. Ni nada sobre vuestra propia persona o la de alguien más, como haceros más sabio, más valiente, más hermoso, ni más viejo, o más joven. Lo que natura toca así se queda... Si quisierais más deseos, tendrías que esperar quinientos años porque es hasta entonces que vuelvo a despertar de mi sueño... Veo que os sentís desencantado. Piensa en esto, si el cristal fuera infinitamente poderoso, podría llegar a hacer tanto mal como bien. En manos equivocadas, el mal sería terrible. Si me usas con sabiduría, Danniell, puedes acabar con esta guerra.
Comprendía lo que el viejo del cristal me decía, sin embargo, hubiera querido ser más sabio para tomar las decisiones correctas.
—Si en el futuro necesitara de tus palabras, ¿me ayudarías? —le pregunté.
—Sí, siempre que me tengáis en vuestras manos. —Fue lo último que dijo y se disipó como una estela de humo.
Todo volvió a la normalidad. Las hojas acabaron por caer y mezclarse con las que se amontonaban en el suelo.
—¿Qué te pasa, Danniell? De repente estáis triste.
—No es eso, Alana, solo un poco cansado.
La tomé de la mano y caminamos hasta donde el rey alfar se encontraba de pie a la par de su montura. Él nos veía llegar, había en su rostro también satisfacción.
—Descansaremos —ordenó el monarca—. Todos necesitamos del reposo luego de la ardua tarea. Bienvenido, joven hombre, Danniell —dijo poniendo sus manos calzadas con guantes de cuero y metal en mis hombros—. Ya he recibido las nuevas buenas sobre el fin de los Shirdal, sin embargo, su estirpe aún persiste en otras partes bajo el mando de los Magos Malvados, y podéis estar seguro que necesitaremos del cristal para luchar contra ellos en otro momento. —Debí mostrar en mi actitud algo revelador porque Ebrón preguntó—: ¿Acaso hay alguna nueva que sea mala y que debamos saber, joven guerrero?
Miré a Alana, luego volví la vista al rey.
—En realidad solo contábamos con siete deseos, y dos de ellos ya los usamos. Según me dijo el cristal —expliqué—: no todo lo que queramos se puede cumplir.
Les expliqué con mayor detalle cómo fue mi encuentro con el viejo del cristal, y lo que él me reveló.
El rey volvió a colocar su mano en mi hombro, y dijo:
 —Como os dijo él, debéis usarlos con sabiduría entonces. —Luego de dar un vistazo al cielo, expresó—: Pondremos el campamento aquí, pues la noche está pronta a caer.
Al calor de la fogata, esa noche, permanecimos juntos Alana, Mark y yo. Un poco más tarde, Ebrón vino a unírsenos, dejando la comodidad de su tienda.
—Contadme, ¿cómo es vuestro mundo ahora? —pidió Ebrón mientras frotaba las manos ante los tizones—. Muchas estaciones han transcurrido que no recuerdo como erais. ¿Ha cambiado tu gente, tu mundo?

viernes, 13 de enero de 2017

Capítulo Cuatro


La alianza
(Fragmento)

Me zambullí en las entrañas del remolino y nadé muy profundo, donde las aguas eran oscuras y a la luz se le negaba el paso. Braceaba, procurando tener un indicio de Mark, pero todo resultaba inútil. A pesar de eso no me di por vencido. En una de las patadas, algo se enredó en mi tobillo, obligándome a detener para liberarme de sus largas y frías elongaciones: era un alga. Inmediatamente fui apresado e inmovilizado por otros de sus tentáculos. Tras torcerme y seguir pataleando por varios segundos, los ligamentos, finalmente, se desprendieron dejándome en libertad. Proseguí nadando; pronto el aire se acabaría.
«¡Sigue, Danniell!», dijo la exigua voz de Alana. Supe entonces que pronto llegaría donde Mark.
Mis manos tocaron su abrigo, así que me aferré a él con fuerza y lo jalé, braceando y dando zancadas con lo último de mi aliento. Logré romper las ataduras de las algas que lo mantenían sumergido y nadé como nunca lo hice. Nadé sin importar mi agotamiento, ni que tan profundo nos encontrábamos. Un punto luminoso en lo alto fue mi guía. Nunca estuve tan feliz de ver el sol. Abracé a Mark; ambos flotábamos.
—¡Maldición, Mark! ¡Despierta! —le dije casi como una súplica. Su rostro aún conservaba el color en sus mejías: él seguía vivo. Al no obtener respuesta, lo tomé por las solapas y grité—: ¡Mark, despierta! —y lo amenacé—: Si no despiertas, te golpearé..., y eso no te gustará nada... Va en serio, Mark —lo zarandeé—. Tú lo quisiste. —Como no despertaba, le propiné una bofetada mientras le gritaba—: «Despierta». —A punto de atizarle la segunda, sus párpados temblaron y se abrieron con los ojos desencajados.
—¿Qué piensas hacer? —balbuceó, cubriéndose la cara con la mano izquierda, tomándome por la manga de la camiseta con la otra.
Su reacción me dio tanta alegría que lo abracé riendo, por no llorar de emoción.
 —Es hora de volver —le dije, empujándolo—. Debes concentrarte. Piensa en que debes regresar donde los espejos... ¡Alana, ayúdanos! —clamé, mirando el entorno como si ella estuviera allí. Yo sabía, sin embargo, que ella me escuchaba. El ronco canto de los elfos llenó el aire.
Recordé la intensidad con la que debía hacerlo; cerré los ojos y me concentré. Luego de repetir las mismas palabras, casi un conjuro, tanto en voz alta como dentro de mi cabeza, ocurrió que fuimos transportados.  
Cuando abrí los ojos, Alana seguía arrodillada a nuestro lado; se levantó y retrocedió tres pasos.
—¿Y Jenny? ¿La han rescatado? —interrogué. Una sensación de ansiedad me llenó al no verla. Miré a Mark; él se encontraba de regreso, permanecía sentado a mi lado y en el semblante mostraba la misma desolación y cansancio que yo. Nos pusimos de pie, en tanto ella negaba ligeramente con la cabeza y volteaba el rostro en dirección de los espejos. Miré al piso, y no podía dejar de sentirme culpable. Ya no se trataba de lo que le diría a Steward, sino de que habíamos perdido a nuestra hermana, quizá para siempre.
—Lo siento mucho —salieron de su boca estas palabras—, pero no pudimos evitarlo. Mientras ustedes yacían bajo el poder de los magos oscuros, nosotros combatimos a los orcus, pero aquí adentro, los magos tienen mucho poder, pues son sus dominios. Los espejos se alinearon abriendo el paso a otra zona, que solo ellos conocen —Alana puso su mano suavemente en mi hombro y lo frotó, tratando de darme ánimo—. Llegó el momento en que tuvimos que decidir a quién salvar: si a vuestra hermana o a ustedes. Jenny aún permanece con vida en alguna parte, pero las vidas de ustedes se perdían, por eso escogimos vuestras vidas. Fue la oportunidad que los orcus esperaban para huir.
 Sabía que mis ojos estaban rojos y llorosos, no por el tiempo bajo las aguas. No di el rostro, pues me avergonzaba que me vieran llorar, especialmente ella, así que, mientras me mordía los labios, me agaché para recoger mi hacha, que de poco me había servido.
—No debió de haber pasado nada de esto... Todo solo debió ser un juego tonto —me dije con el corazón lleno de tristeza. Ella vino lentamente a mí y me abrazó. Su tibia mejía hizo contacto con la mía. Entonces me frotó la espalda tratando de consolar mi dolor. En este momento no me importaba lo que Kaleín pensara. Estuvimos así un rato.
Los señores elfos se dispersaron y tomaron sus armas y levantaron los cuerpos de los nobles guerreros caídos en la batalla.

Cuando salimos, comprendí por qué al sitio se le llamaba El Laberinto de los Espejos, no se refería a que, en sí, fuera un laberinto si no por la compleja disposición de las imágenes de los miles de espejos. Los espejos no se movían, como en un principio se nos dijo —o así lo comprendí—, eran las figuras las que daban la ilusión de movimiento. Como en un mazo de naipes, que con solo 52 cartas, se pueden hallar miles de millones de posibles combinaciones, los miles de espejos formaban infinitas combinaciones, y si cada una de estas nos podía enviar a un mundo, o a un universo distinto, entonces, no existía manera, como dijeron los elfos, de saber el destino de quien cruzara el umbral del laberinto.

 Como el sol comenzó a caer y faltaban muchas horas para regresar al bosque de Garethwood, acampamos en las proximidades del laberinto. Buscamos y encontramos un pequeño claro, rodeado de elevaciones que no llegaban a ser colinas por sus bajas alturas, pero permitían vigilar los alrededores para prevenir las visitas inoportunas.
Las estrellas, en estas tierras de fantasía, no diferían de las del mundo de los hombres. La noche parecía clamar con voces silenciosas, cuando las brisas nocturnas recorrían los desolados páramos. Las siluetas de las caliginosas montañas se alzaban y se confundían con la negra noche, distinguiéndose nada más las blancuzcas cumbres nevadas. En este desierto, la soledad era impresionante; era el lugar ideal para una fogata en compañía de los amigos, y relatar alrededor de ella historias de terror; en lugar de eso, algo más importante ocupaba nuestras mentes: planear la forma de rescatar a nuestra hermana. Sin embargo, los elfos son pacientes y metódicos, y prefieren planear cualquier acción con la mente y las pasiones frías.
  —En la memoria de los elphus, así como en la mayoría de los demás pueblos que habitamos este mundo, no hay recuerdos de los inicios de las disputas entre los magos blancos y los oscuros —relataba Emurk—. Han pasado muchos siglos de eso, que ahora solo son leyendas narradas por los venerables, aquellos que han vivido milenios. Aun para ellos, el velo del tiempo inexorable, les ha amainado las verdades de lo que una vez fueron las cosas. —Aunque todos los elfos viven vidas naturales ilimitadas, no son inmortales en el sentido de que nunca morirán. Emurk, por ejemplo, es más longevo que muchos de los demás del grupo, y ha llegado a vivir tanto tiempo, debido a su destreza como guerrero. Sus facciones, no obstante, son tan jóvenes como la de cualquier elfo, y las sobresalientes habilidades de que dispone se deben a su larga edad—. Nosotros decidimos, hace siglos, apoyar a los magos blancos porque ellos no pensaron en esclavizarnos nunca... En aquel entonces, vivíamos en paz y los pueblos de todas las comarcas y regiones podíamos cruzar libremente las tierras de los otros.
Alana, vino desde su pequeña tienda erigida a pocos metros de la fogata principal, venía envuelta en un mato similar a una capa verde musgo. Nuestras miradas se cruzaron. Ya no tenía ninguna duda, sabía que ella estaba tan enamorada de mí, como yo de ella. Ella se sentó a mi lado, delante de la fogata y, luego de mostrarme esa bella y tierna sonrisa élfica, escuchó en silencio la historia de Emurk.
—Oye, ¿cuántos años o siglos tienes? —preguntó Mark.
—Años de los hombres..., son como dos mil —respondió Emurk—. Pero aquí, y para ustedes que vienen del otro lado, el tiempo es más rápido... Aquí rondo los tres mil años.
—A ver, ¿cómo es el rollo? ¿Quieres decir que aquí, Danniell y yo, nos hacemos viejos más aprisa? —dijo con cara de asombro—. ¡Vaya! No me esperaba esto de volver a casa siendo un anciano.

Capítulo Tres

Reina Alana
(Fragmento)

Contemplaba a Alana; no solo era una elfo hermosa con su tez blanca como la nieve y su estrambótico cabello purpúreo metalizado; era una guerrera al estilo de Xena, “La Princesa Guerrera”, y al mismo tiempo tenía la esbeltez y gallardía de un cisne. Me di cuenta que sin querer me estaba enamorando de ella. Y me preguntaba si se valía enamorarse en estas circunstancias.
—¿No es hermosa a pesar de ser una bruja? —dijo Mark.
Lo miré por un segundo mientras seguíamos andando.
—Ya me lo habías dicho —le reproché sin saber por qué motivo me sentía molesto—. Y sus orejas se parecen a las del Sr. Spock —le recordé de forma fría lo siguiente de su observación.
Él no dijo nada, únicamente se limitó a sonreír.

Luego de llevar varias horas, en que me sentía agotado ya, Alana hizo una señal con la mano indicándonos parar.
—¡Callados, hemos llegado! —murmuró en tanto se ponía al resguardo de un vetusto árbol derribado por el tiempo, y nos hacía una nueva señal para ocultarnos junto a ella—. Allí están... ¿Los ven?
Asomamos un poco la cabeza por encima del tronco. Yo no logré ver lo que Alana observaba.
—No veo nada. —Mark me quitó las palabras de la boca.
Veíamos en dirección a un pequeño claro, en el fondo de una hondonada, como a cincuenta metros de nosotros.
—Ya entiendo —dijo Alana.
Tomó el morral que siempre llevaba con sigo, hurgó rápidamente en su interior y extrajo un diminuto objeto: una cápsula seca de una planta. La separó en dos partes —algo así como un pomo.
—Tengan. Úntense esto en los ojos —estiró el brazo con la cápsula en la mano.
Como permanecía más cerca de ella, tomé la cápsula primero. Contenía una pomada color verde limón. Metí el dedo índice y lo embadurné de la sustancia grasosa, luego le entregué el pomo a Mark.
—¿Adentro o alrededor de los ojos? —interrogué.
—Adentro..., tan solo un poco. No teman, no les dolerá —aseguró la elfo.
Ella se pasó el arco por delante, preparándolo para el combate, montando en él una flecha.
Mark cerró el depósito y se lo retornamos a Alana. Inmediatamente, tal como lo indicó ella, nos echamos la pomada.
—¡Maldición! —fruncí la cara, apretando los párpados preso del dolor—. Dijiste que no dolería.
—¡Me has dejado ciego! —gruñó Mark, intentando limpiarse los ojos llorosos—. Eres un duende traidor y malo.
—No me insultes, hombre —renegó Alana—. Si me vuelves a decir duende, te dejaré verdaderamente ciego.
El dolor duró tan solo unos segundos.
—¡Miren ahora! —indicó—. Verán lo que los elphus podemos ver.
Así lo hicimos. Primero se materializaron como simples siluetas transparentes, posteriormente comenzaron a surgir más detalles.  Ante nuestros ojos, y confundidos con el entorno, fuimos vislumbrando un grupo de veinte a treinta criaturas con aspecto temible. Los filmes del cine y la televisión no diferían en mucho de estos originales.
—¿Son los orcos? —murmuró Mark—. ¡No creí que fueran tan feos!
—¡Cállate, no hables mucho! —le ordené temiendo ser escuchado por aquellas cosas—. ¿Dónde está Jenny?
—Debe estar con ellos... Pero no la veo —respondió la elfo—. Aquí vienen mis hermanos.
No supe en qué instante, varios elfos, se apostaron junto a nosotros; no los escuché venir.
—Alana —dijo el que parecía ser el líder de la facción—. La humana ya no está con ellos, se la han llevado.
Alana me miró a los ojos. No comprendí qué tan serio resultaba eso.
—¿No la han perdido de vista, Kaleín? —le preguntó al recién llegado.
—Emurk y diez más les siguen las huellas —respondió Kaleín—. Pero han dejado a estos. Parece que llevarán el cristal al Valle Negro.
—¿Y la joven humana?
—Van rumbo al Laberinto de los Espejos —dijo Kaleín—. Tú decides por quién vamos primero, Alana —la elfo volteó nuevamente a donde estábamos Mark y yo—. Vamos por la chica humana —decidió Alana sin tomar mucho tiempo para pensarlo—. Si no la recuperamos ahora, no la volveremos a ver nunca.
Nos deslizamos fuera del alcance de la horda de orcos, evitando así nuestra primera confrontación con ellos.
Corrimos tan rápido como nuestras piernas nos dejaban, pero nada parecía igualar la fortaleza de los intrépidos elfos.
—¿Has visto a ese tío, el elfo Kaleín? —me preguntó Mark, mientras seguíamos corriendo.
—Sí, ¿qué hay con él? —respondí mientras jadeaba.
No tenía muchas ganas de conversar porque me sentía frustrado y de tanto correr el aire me faltaba.
—¿Sabes a quién se parece?
Pensé unos segundos.
—¿A Keanu Reeves? —sonreí para variar un poco.
Mi hermano también sonrió.

Aunque Alana podía ir a la cabeza del grupo, sitio que le correspondía por ser la lideresa, según entendí, quiso quedarse junto a nosotros.
—¿Por qué no los atacamos y recuperamos ese cristal? —interrogué.
—Aunque estamos en nuestros dominios —aclaró Alana—, nos habría tomado tiempo vencerlos. Los orcus y los troll son feroces y sanguinarios guerreros y no les importaría morir si lo hacen peleando. Además, por ahora, es más importante recuperar a tu hermana... Luego iremos en busca del cristal.
—Quería saber, además, ¿qué es el Laberinto de los Espejos? Escuché cuando lo mencionaron, y que llevan a Jenny para ese lugar.
Trataba de no perder el paso de Alana; con esfuerzo, y por el momento, lo estaba logrando. Me pareció que, a pesar de todo el trabajo realizado, no me sentía tan agotado; aun podía dar más.
—Ellos saben que ustedes la seguirían a cualquier lugar con tal de salvarla, incluso hasta los rincones más perdidos del espacio y el tiempo —al explicarme su rostro permanecía sombrío—. El laberinto ha sido creado por los magos renegados para perder a todos los de su estirpe que estén en su contra, pues tienen prohibido destruirse entre ellos... Los espejos del laberinto cambian de posición cada cierto tiempo, y cada combinación de ellos es capaz de enviarte a un universo y tiempo diferente... Para que puedas regresar, los miles de espejos deben estar combinados de la misma manera en que estaban cuando te fuiste, de lo contrario te enviarán a otro lugar.  Hasta ahora, nadie ha regresado. Como los magos no pueden matar a los hombres, sino solamente engañar sus sentidos, decidieron deshacerse de vosotros de esta manera para evitar que intervengan. Ellos conocen de nuestros planes; saben sobre Arthura y lo que pretendemos. Saben que una vez Arthura esté en nuestras manos, sus días estarán contados.
Entonces Kaleín se aproximó a Alana, interrumpiendo la conversación.
—Uno de los elphus de Emurk ha venido y dice que el campamento orcus está a la vista —informó—. La humana está con ellos. Además, llevan tres troll con armaduras de coral como refuerzos.

Capítulo Dos

Historia de los escritores
(Fragmento)

Todos los muebles ocupaban un lugar en la casa y los que no lo hallaron, terminaron guardados en el sótano, en alguna parte junto a la caldera, o en la buhardilla.
Dos semanas transcurrieron desde nuestra llegada, y tengo la sensación de haber estado aquí desde hace mucho tiempo; quiero decir, como si nunca nos hubiéramos ido.
Rockville está en una región semi montañosa; suele amanecer inmerso en una bruma y, la mayor parte del año, el cielo está nublado a partir de las cinco de la tarde. Cuando la bruma comienza a disiparse, alrededor de las seis de la mañana, un sol radiante irrumpe en el cielo y, aun así, el frío sigue imperando. A pesar de la distancia, se puede escuchar el viento soplar entre los pinos del bosque circundante. Las colinas surgen un poco más allá, pero no se alcanzan a ver por la distancia y por su poca elevación; aunque eran visibles desde las azoteas de algunos de los edificios del pueblo.
En cierta mañana, no hace mucho, una idea vino a mi mente repentinamente y se quedó fija en ella: es la casa Hantong. Trato de entender su relación conmigo, por qué su imagen me persigue y persiste como cuando uno, inexplicablemente, recuerda la tonada de una canción que no ha escuchado durante mucho tiempo, y finalmente de tanto oírla mentalmente, termina por tararearla. Es un misterio. No me asusta, pero me provoca curiosidad y ansiedad. Es así, como cuando era chico —muy chico—, y las cerillas me invitaban a tocar la pequeña hada danzante, con sus bellos colores naranjas, amarillos y azules moviéndose con el viento —queriendo volar—, y su calidez al acercar mis dedos a ella. Entonces no conocía sus efectos al tacto. Esa vez, mi madre, besó mi mano —aunque solo fue un dedo el que el hada mordió—, y lo curó. Desde entonces, sé que no se trata de un hada y que no muerde, si no, quema. Así, la casa Hantong, me atrae pero presiento que puede acarrear consecuencias como el hada del cerillo.

Faltaban pocos días para volver nuevamente a la escuela, el verano pronto finalizaría. Quería agotar ese tiempo visitando y conociendo mi nuevo pueblo, así que, hace algunos días, Jenny, Mark y yo, visitamos el cine. Compramos los boletos para ver una película: Año Omega. La trama no importa, sino lo que ocurrió después. Sabemos que la mejor hora para ver una peli es de las seis de la tarde en adelante, pero quisimos ir a la función matutina, al de las 8:00 a.m. Según nuestros planes, iríamos luego a comer al Restaurante Chilis´ Pepper, a dos cuadras del cinematógrafo. Al llegar, el lugar estaba sumamente abarrotado, por tanto, en vez de comer allí, compramos tres órdenes para llevar y nos dirigimos al parque. Anduvimos otras dos cuadras hacia el norte del restaurante, y atravesamos la avenida Arlington, entre la biblioteca y el parque. Lo primero que nuestros ojos apreciaron fue la imponente estatua del joven de cabello corto y peinado con raya al centro, con su traje antiguo, e imponentes facciones del hombre seguro de sí mismo. Concebí la idea de que no se trataba de uno de los fundadores de Rockville.  
Comíamos a la sombra de un roble, en las bancas de hierro.
—¡Esto quema! —dije tras morder y engullir uno de los extremos del taco de carne de cerdo con chile—. ¡Dios, me quemo! —grité arrojando parte de lo que tenía masticado.
—¡No seas asqueroso!... —dijo Jenny, en tanto Mark se reía.
—Toma un poco de soda —extendió la mano con el vaso de Coca Cola, ahora compadecida de mí.
Yo cogí la bebida y me apresuré en beber. Tomé casi la mitad del contenido hasta que el ardor en labios y lengua se hubo extinguido tan solo un poco.
—¡Qué bueno está esto! —expresé, refiriéndome al taco—. ¿Es comida mejicana, verdad?
—¿No dirás que nunca la habías comido? —me interrogó Mark mientras deglutía el suyo.
—En serio, es la primera vez —respondí volviendo a clavar los dientes en el delicioso comestible—. Esto quita el frío —afirmé con un lado de la boca henchido de taco.
Tosí, casi me atraganto. Bebí más Coca Cola para pasar el picante.
—No te creo Danniell —dijo Jenny, disfrutando del calor de aquella comida.
—¿Es curri? —pregunté.
—No, es chile —respondió ella—. Creo que le llaman jalapeño.
—Calienta tanto como el whisky —afirmé suponiendo que sería una buena comparación a pesar de nunca haber probado la bebida alcohólica.
—¡Ah! ¿Has bebido whisky? —interrogó Jenny sorprendida.
Sorprendida porque, de los tres, yo sería el que menos me atrevería a hacer algo así. Aunque realmente, mi vida siempre ha sido demasiado tranquila. Siempre he vivido al margen de mi propia vida, he sido el menos arriesgado, el acomodado, el... no sé. El que siempre le huye a las cosas complicadas y prefiere lo sencillo. Sí, ese soy yo.  
—No..., pero imagino que así debe ser —aclaré, antes de que mis palabras fueran a caer en oídos de Steward—. No se te ocurra ir con esto a Steward —le advertí.
—Yo sí, ya lo probé —intervino Mark. Su aseveración nos sobrecogió, era algo que no conocíamos de él—. ¿Recuerdan a Larry Stacton?
—¿El escuálido del primer año? —preguntó Jenny—. ¿El que solo venía a la escuela tres veces a la semana?
—Sí, lo recuerdo... Pobre fiambre... ¿Qué hay con él? —dije.
—Sí, ese... Pues una vez, cuando estábamos reunidos en casa de Jeremy Bolton y los otros chicos —narró Mark—, para congraciarse con nosotros y entrar en el grupo, trajo una botella de un Johnnie Walker etiqueta azul...
—¡Wow, regio! —exclamé.
—¿No dirás que bebiste? —interrogó Jenny con mirada inquisidora, y agregó—: Vaya, mi hermano el borrachín. ¿Cuántas veces lo has hecho?
Mark no respondió, siguió masticando y deglutiendo.
—Por eso tenías olor a alcohol —aseveré, claro que mentía descaradamente para molestarlo.
 Una sorpresiva ráfaga de viento tiró sobre nosotros las hojas secas y el polvo almacenado en la estatua, haciéndonos cubrir nuestros almuerzos con las manos.
—¿De dónde vino todo...? —Interrumpí la pregunta en el instante de derramar mi vaso de soda entre los largueros metálicos del asiento de la banca. La tapadera salió disparada, y tras de ella, el contenido restante del vaso. Abajo de la banca, una laguna oscura yacía mientras las últimas gotas seguían cayendo lentamente en ella. Los cubos de hielo patinaron y se acumularon en el final del asiento; algunos de ellos resbalaron entre los largueros, precipitándose en el charco oscuro.
Al pasar el vendaval, miré en dirección de la estatua de piedra y tuve la sensación que ella me veía. No era de esas sensaciones cuando uno ve un cuadro o una pintura, y parece que nos persigue con la vista, o como cuando, durante las noches de luna, esta nos sigue.   La estatua realmente me miraba a mí.
Dejé el vaso de la soda ahí donde quedó, me levanté del asiento. Mis hermanos no se dieron cuenta que yo me dirigí hasta el pedestal de la figura de piedra porque estaban sacudiéndose la suciedad de sus ropas. Me quedé parado frente a ella. Luego de apartar los ojos de la imagen, vi en la base de mármol una inscripción tallada en alto relieve, en una placa metálica, la fecha de 1950.  El monumento era en honor a un tal John Ronald Reuel Tolkien. No dejé pasar desapercibido algo en la inscripción, no tenía fechas de nacimiento ni defunción. Mencionaba a Tolkien como un personaje distinguido que había visitado en 1910 a Rockville.
—¿Quién será? —me pregunté.
Retrocedí un poco, miré la imagen por última vez antes de dirigir la atención al siguiente punto; a varios metros de allí yacía la otra estatua. Fui en busca de ella. Mis hermanos me vieron marchar, sin preguntarme nada; estaban ocupados comiendo. Caminé por los pasajes del parque, entre los pocos transeúntes que iban y venían; al igual que yo, visitantes del lugar.